El camarón de la Ciénaga Grande

Por: / Fotografía : Tata Mahecha / Julio 2017

La captura, procesamiento y venta de camarón constituye la base económica de algunas poblaciones asentadas alrededor del complejo lagunar más importante del Magdalena.

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Beatriz Serrano Molina le dicen “La Negra”. Tiene 68 años y es nieta, hija, viuda y madre de pescadores. Nació en Isla del Rosario, un corregimiento del Magdalena con ocho mil habitantes, 80% de ellos relacionados de alguna manera con los camarones que sacan de la Ciénaga Grande de Santa Marta. Desde hace 45 años Beatriz pela y vende los camarones que le compraba primero a su esposo, y ahora a su hijo.

En su casa siempre lleva ropa muy fresca y el pelo recogido en una cola de caballo. La casa la compró en 1985, pero pareciera recién ocupada: hay pocos enseres y muebles. Todo está limpio en el área donde lavan, pelan y empacan los camarones que se dan en la Ciénaga, los tití. Son pequeños, miden en promedio poco más de un centímetro.

“La Negra” tenía 23 años cuando le cogió el gusto a manejar su propio dinero. Por eso le planteó a su esposo un negocio: todo lo que él pescara ella se lo compraba a precio de mayorista, de contado, y se encargaba de venderlo con tarifa de minorista, sin tener que rendirle cuentas. Su ganancia la administraba ella.

—A finales de los años sesenta en esta Ciénaga había animales por montones. Medio bote se llenaba en un momentico. Y lo que se ganaba daba para que todos comiéramos bien.

En el complejo de humedal costero más grande del Caribe colombiano, con 4.900 kilómetros cuadrados de extensión, las cosas han cambiado. Ahora hay especies en extinción, alta salinidad, baja profundidad y poca oxigenación; además se han perdido 27.000 hectáreas de manglares. El ecosistema donde se reproducen los camarones está en ruinas. Y, además, hay sobrepesca.

Antes la mujer del pescador ni siquiera estudiaba, se dedicaba a cuidar a los hijos y atender al marido. Tampoco tenía ningún poder de decisión en los asuntos de la casa, porque el hombre era el proveedor y por eso se hacía lo que él decía. Pero desde hace unos 30 años la dinámica familiar cambió a un sistema más colaborativo e igualitario. En Isla del Rosario, como en otras poblaciones cuya actividad económica principal es la pesca, los hombres entran a las aguas salobres por la noche y las mujeres salen a vender por el día. En estos corregimientos de la costa Caribe las rutinas del hogar se amoldan amablemente a las formas de producción.

La faena del pescador empieza a las cuatro de la tarde y termina al amanecer. A esa hora ya los niños pequeños están listos para ir a la escuela, y los más grandes no requieren asistencia. Entonces las esposas viajan a los mercados populares de Ciénaga, Tasajera, Santa Marta o Barranquilla a vender lo que sus maridos atraparon en las redes y trajeron a casa comenzando la mañana.

Pero a Beatriz no le gusta ir a los mercados. En 45 años de trabajo ha cultivado una clientela fiel en el sector de Gaira, una de las nueve comunas de Santa Marta, a donde llegó vendiendo pescado puerta a puerta en la década del setenta. Ahí coloca tres veces por semana unas 20 o 30 libras de camarón que sancochó durante media hora en un caldero a leña, esperó que se enfriaran, los lavó con agua de sal, los tendió sobre la mesa, y entre ella y su hija los dejaron listos para la venta.

—En todos estos años nunca he tenido quejas de mis clientes. Soy muy cuidadosa para poder garantizar la calidad de lo que llevo. Eso aunque en mi casa no hay agua potable. Como en todo el corregimiento —explica Beatriz, madre de nueve hijos, abuela de veinticuatro nietos y bisabuela de siete criaturas.

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Isla del Rosario queda a orillas de la carretera que comunica a Santa Marta con Barranquilla. Y el gentilicio que los identifica es isleños, porque el pueblo está asentado sobre la isla de Salamanca, una estrecha división entre la Ciénaga Grande y el mar Caribe.

Evenezer Cueto es el propietario de una casa cuyo patio sirve de muelle y acopio de camarón y jaiba. Por su experiencia asegura que entre diciembre y enero los camarones se desaparecen de la laguna. Regresan en febrero, y a finales de marzo es el apogeo de la cosecha, que dura 40 días. A finales de mayo llegan las lluvias y el animal pierde tamaño.

Evenezer cuenta que en una buena faena se pueden recoger hasta 200 libras. Hace 30 años, la buena faena significaba llenar medio bote de camarones y salir del agua con 400 libras a cuestas en la mitad del tiempo.

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Las mujeres se reúnen en los días de mayor abundancia a pelar camarón mientras conversan. Cobran 300 pesos por cada libra pelada.

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En el costado derecho del puente que sirve de principal acceso al pueblo queda la casa de Yolanda García. Ahí se reúnen las peladoras de camarón en los días de mayor abundancia. Al porche, que está frente a un caño derivado de la Ciénaga, llegan poco a poco las mujeres. Las que primero aparecen son las de la casa, las hijas, nueras y sobrinas de la dueña. Después se incorporan las vecinas, muchas de las cuales llegan con sus hijas menores a partir de las nueve de la mañana.

Cada una coge una de las sillas plásticas que hay en un rincón, se lava las manos y agarra sus poncheras. A un costado hay un caldero encima de la leña encendida. Cuarenta libras de camarón fresco empiezan a cambiar de color, de gris a naranja. Con un colador de mango larguísimo los sacan de la olla y los vierten en las vasijas plásticas que cada una tiene en sus piernas. Se ríen penosas, mi presencia altera la rutina. No hacen una rueda, como se podría presumir, sino que más bien se ubican desordenadamente en el espacio disponible, a medida que van llegando, inclusive dándose la espalda una a otra. En el transcurso de una media hora ya hay ocho peladoras.

Poco a poco el ambiente se relaja, se olvidan de que estoy por ahí, y comienza una conversación divertida entre algunas de las presentes. Hablan de un hombre feo que tiene una novia bonita, la hija de una mujer que todas conocen. Especulan los motivos. Una dice que el amor no es cosa de físico sino de viveza, y todas sueltan la carcajada.

Otras veces, mientras pelan el camarón cocido, las mujeres conversan de política, o de farándula, de economía doméstica o de los graves problemas ambientales de la Ciénaga. No hacen referencia a razones técnicas pero saben muy bien que si no se cuida lo que hay tendrán que cambiar de oficio para no morir de hambre. La tertulia es una forma de aligerar la carga. Cada una podría estar en su patio haciendo la tarea, pero prefieren la diversión del encuentro, el trabajo compartido.

Como las oportunidades laborales en la zona son tan pocas, es común que en las casas haya al menos una mujer que trabaja pelando camarones. Cobran 300 pesos por libra, así que para redondearse 9.000 pesos deben pelar unas 30 libras de camarón. Para esa cantidad invierten unas seis horas, a veces a 40 grados de temperatura.

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Héctor Rodríguez es auxiliar de investigación de una entidad del Ministerio del Ambiente, Invemar, desde hace 23 años. Dice que en los municipios que bordean la Ciénaga viven unas 350.000 personas, la mayoría en situación de pobreza y pobreza extrema. Pero aclara que todos tienen una conexión especial con el hábitat, y por eso les es tan difícil pensar en otra actividad económica que no sea aquella que han hecho siempre, no solo ellos mismos, sino también sus antepasados.

—¿Qué es lo que hace usted en Isla del Rosario? —pregunto.

—Primero que nada estar orgulloso de haber nacido y vivir en Isla del Rosario. Segundo, yo llevo las cuentas de todo lo que se pesca en la Ciénaga por la Isla, tres días por semana. Lleno los formatos, entrevisto a los pescadores y reviso el tamaño, el peso y el tipo de especie que sacan. No me hace falta supervisión, hago rigurosamente mi trabajo porque sé que la única manera de retribuir todo lo que ese complejo lagunar nos da, es haciendo que los datos lleguen a un computador.

Héctor cuenta que cuando estaba en el colegio se iba a relear con sus amigos, que es como le llaman los lugareños a pescar con red. En ese momento, 1975, el método que predominaba era la pesca con atarraya. Y recuerda que los pescadores le decían flojos a los camaroneros, porque aquellos tenían que salir a buscar las presas, mientras que los que cogían camarón sólo debían esperar recostados en la orilla que las redes se llenaran de animalitos.

Pero aumentó la cantidad de pescadores, disminuyó el recurso natural y en su afán de capturar más cantidades empezaron a utilizar las artes de pesca que producen mayor daño ambiental. Es que por cada kilo de camarón que se recoge en las redes vienen doce kilos de fauna acompañante, inútil para el comercio pero valiosa para el ecosistema.

A Héctor le preocupa el hecho de que en la pesca artesanal de Isla del Rosario no haya generaciones de relevo. Lo percibe como una amenaza sobre la transferencia de la cultura. Los muchachos se ven en las esquinas jugando cartas, ofreciendo transporte en moto, vendiendo minutos de celular y cargando agua. Y la educación camina de espaldas a las necesidades y potencialidades de la región:

—Los jóvenes no se interesan por la Ciénaga. Saben que ha dejado de ser rentable el oficio y se van a las ciudades cercanas a aprender otras formas de vida. Hacen cualquier cosa que les deje unos pesitos —apunta.

Desde uno de los kioscos que hay a la orilla de la carretera se observa a esos jóvenes pasando el tiempo en las esquinas de Isla del Rosario. En esos kioscos se vende el poco camarón que se queda en el pueblo. Lo ofrecen en cocteles con salsa rosada, cebolla roja y limón. Es el fin de la cadena de producción local de camarón. Es la forma como unos cuantos le sacan un último provecho a lo que les provee la Ciénaga Grande. 

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