Soy un cyborg

Por: / Fotografía : Juan Fernando Ospina / Mayo 2017

Así es la vida cuando se lleva un marcapasos.

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Soy un cyborg. A mi hijo pequeño no le gusta esa frase. La primera vez que se la dije, entre risas, él se enojó mucho y me increpó. “¡Tú no eres ningún cyborg! ¡Tú eres mi papá!” dijo con voz firme, y casi se le sale una lágrima. Él tenía seis años, y de cierta forma ya comprendía de qué le estaba hablando. Técnicamente soy un organismo cibernético. Mi corazón funciona con la ayuda de una máquina de cinco centímetros con carcasa de titanio, baterías de litio y yodo, y unos electrodos de níquel con puntas de platino en forma de sacacorchos que van atornilladas al músculo cardiaco. Nada superlativo en estos tiempos, diría yo. Me salvé de morir hace doce años y ahora vivo gracias a un marcapasos que me implantaron. O dos, para ser más exactos: hace un año, en enero de 2016, lo reemplazaron. Eso me hace un cyborg de acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española, que lo escribe cíborg y lo define como “un ser formado por materia viva y dispositivos electrónicos”.

A mi hijo no le gusta la frase porque le da miedo que su padre sea una suerte de máquina. “¿Si te lo quitan te mueres?”, Preguntó una vez. La respuesta tampoco le gustó.

Una noche de noviembre de 2003 entré a un bar de salsa ubicado en un sótano de la carrera 70 en Medellín. Mala decisión. No soporto el encierro más de tres canciones. Mi novia pidió dos cervezas en la barra, y en medio del tumulto me pasó una de las botellas. Levanté la mano para dar un sorbo y me desmayé. Desperté justo antes de llegar al piso; ya mi novia había evitado con su mano que mi cabeza se estrellara contra las baldosas. La miré y me sentía totalmente confundido. Traté de levantarme, pero mis brazos y mis piernas no respondieron. Ella me levantó y salimos del lugar.

“Caíste como si te hubieran desconectado. Y estás muy pálido”, me dijo. Nos sentamos en el muro de una jardinera y me negué a ir a una sala de urgencias. Tardé un buen rato en recobrar las fuerzas. Una vez me pude levantar, subimos a un taxi y nos fuimos a casa. Dormí lo que restaba de la noche. El día siguiente, domingo, lo pasé acostado el día entero.

Aquel colapso fue el remate de una serie de eventos que me venían sucediendo desde hacía unos meses. Por aquellos días trabajaba como profesor universitario a tiempo completo, y después de dictar una clase de dos horas bajaba a la oficina  y me quedaba dormido sobre el escritorio. Me era muy difícil concentrarme. Comía poco. Dormía mal en las noches. Me asfixiaba al caminar y siempre me faltaba energía. Todo aquello se lo atribuía al estrés. Las cosas no iban muy bien con los jefes aquella temporada.

Para resumir, aquel desmayo en el bar fue la alerta de un bloqueo auroventricular completo. Estaba muriendo y necesitaba ayuda cibernética. El 28 de enero de 2004 entré en el quirófano.

Cuarenta y ocho horas después de la cirugía, me miré al espejo. Un vendaje blanco justo debajo de la clavícula derecha y el dolor insoportable que salía de allí me recordaron que de ahí en adelante mi vida dependía de un dispositivo electrónico. Durante varios días ese pensamiento me llenó de una gran tristeza. La mayoría de la gente piensa que los marcapasos solo se los implantan a los ancianos, y también se tiene la creencia de que una persona con marcapasos queda muy limitada. Que no puede ver películas de terror o que no le pueden hacer dar rabietas. O que no puede hacer esfuerzos porque va a caer muerto como un pollo. Falso. Después de esa primera operación bajé una roca de 80 metros en rapel. Hice rafting en un río; nivel suave, pero rafting al fin y al cabo. Una mañana de 2008 la avioneta de seis pasajeros en la que viajaba se apagó durante el despegue en el aeropuerto de Guapi, en las selvas del Pacífico. El aparatejo descendía endemoniado. Yo solo atinaba a mirar por la ventanilla y veía cómo crecían las líneas amarillas de la pista. Antes de llegar al piso, la avioneta se levantó de nuevo, logró despegar y regresó al aeropuerto volando bajo. Durante toda la maniobra estuve aterrado, pero mi corazón no se agitó. No hubo taquicardia alguna.

Mi trabajo exige viajes constantes. Largas caminatas por selvas y montañas bajo el sol de Colombia. Subir a páramos. Bajar a cañones agrestes. Navegar ríos caudalosos. Algunas veces el mar. Extensas jornadas de grabación y sus consecuentes encerronas en una sala de edición. Semanas enteras de clase en la universidad. Ya desde antes tenía síntomas de workholic, que se han intensificado con la ayuda de este aparatito que me mueve el corazón.

No falta uno que otro desacuerdo con los encargados de la seguridad en los aeropuertos. Cuando uno les dice que no puede cruzar por el arco magnético, algunos ni se inmutan, pero otros gritan “¿por qué? ¿Tiene marcapasos?”. No deja de ser incómoda la frase, y con ella vienen las miradas de los demás viajeros. Luego la requisa manual y más miradas de las personas en la fila.

En enero de 2016 se le acabó la batería al aparato. El equipo de electrofisiólogos me la había optimizado dos años más de los diez que se supone debería durar. Luego de reprogramar el marcapasos, de medir voltajes y amperajes y de verificar que este ya no funcionaba, volví al quirófano para el segundo implante. Fue hace exactamente un año. La vida sigue. Supongo que tendré otros diez años de aventuras, grabando videos y documentales, o dando clases en la universidad.

Y hay otro asunto. Algunos atribuyen mi aparente frialdad emocional a esa pequeña máquina que me mueve el corazón. Pero no hay tal. Yo amo a mi hija y a mi hijo. Con ellos el corazón me late solito.

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