Para qué cuatro ruedas, si bastan dos

Por: / Ilustración: Randy Mora / Abril 2018

Viendo lo que sucede en las más modernas ciudades europeas, parece que la verdadera evolución no es la que va de la bicicleta al automóvil y de éste a la camioneta, sino la que hace el viaje a la inversa.

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uando algo queda bien inventado, se nota en los mínimos cambios que sufre durante su evolución. Hay ejemplos: la llave, el paraguas, las tijeras. Y la bicicleta. En más de doscientos años, este vehículo apenas se ha transformado: ahora se fabrica con materiales más ligeros y se le han introducido pequeñas mejoras. Pero, en esencia, se trata del mismo artefacto. Porque nació evolucionado.

No ocurre lo mismo con el carro: los vehículos de hoy son muy distintos a sus predecesores, provistos de infinitos aparatos que los vuelven más costosos; sin incluir en la suma los seguros y otros gastos de mantenimiento. A pesar de los avances, seguimos leyendo noticias sobre fallas frecuentes que surgen en los automóviles más modernos. Y aunque su tecnología avanza, no han dejado de contaminar.

A diferencia de la bici, el carro es peligroso para su entorno, y puede matar. Basta que viaje a unos pocos kilómetros por hora para que se convierta en un arma. En Holanda, el país más ciclista del mundo, el auge de la bici empezó como una respuesta a los accidentes automovilísticos. A principios de los setenta, los carros mataban a muchos niños en las vías de ese país, y el fenómeno dio origen a un movimiento llamado Stop de Kindermoord. Algo así como “Paremos la muerte de niños”.

A la frecuencia de muertes infantiles que indignaba a los holandeses se sumó la crisis del petróleo durante esa década, que terminó de estimular el regreso del vehículo más inofensivo y económico: la bicicleta. En Copenhague, otra ciudad donde la cantidad de bicicletas supera a la de carros, como Ámsterdam, la revolución también fue impulsada por el elevado costo del combustible. Los usuarios de los carros, por pura sensatez, abandonaron este vehículo impráctico y eligieron en masa las dos ruedas de la bicicleta.

Hoy, cuando vivimos en una sociedad que busca continuar su camino de desarrollo de una manera sostenible, parece que ha llegado el momento de recuperar nuestro antiguo romance con la bici. Si miramos a nuestro alrededor es fácil encontrar el medio de transporte más autosostenible de todos: la bicicleta. La bici no necesita de ningún costoso y contaminante combustible fósil no renovable. Tampoco necesita electricidad. Y ni siquiera precisa del viento para impulsarse. Basta con el moderado esfuerzo del ciclista. La bicicleta, dijo John Howard, es un vehículo curioso. “El pasajero es su motor”.

Yo, que nunca amé ningún deporte, que jamás seguí ningún balón en disputa, fui desde niño un ciclista obsesivo: valga la redundancia. Tuve mi primera bici más o menos a los seis años, pero me la robaron con violencia y lloré. Después tuve otra, y con ella rodé largas distancias en Maracaibo, la ciudad calurosa y casi despoblada de ciclistas donde crecí. Un día cometí el error de bajarme, y pasaron veinte años antes de volver a subirme.

Ahora ruedo varias veces por semana, como ciclista urbano y también como deportista. Los domingos me martirizo en algunas de las montañas que rodean a Bogotá, la ciudad repleta de ciclistas donde ahora, por fortuna, vivo. También leo historias ciclistas de forma constante y escribo sobre el pedalismo como fenómeno; incluso fundé una revista digital llamada Pedalista.co, y no me pierdo ninguna carrera importante en televisión.

A veces, cuando voy en carro, veo con envidia a los ciclistas que me rebasan sobre el borde de la ruta. Y sonrío en silencio, con camaradería, porque mi espíritu y mi corazón enseguida recrean la dulce sensación del pedaleo. Mi amor por la bici tiene que ver con lo evidente: la libertad de movimiento y la posibilidad de aventura. Pero también está relacionado con eso que Giancarlo Brocci, un viejo romántico del ciclismo, llamó “la belleza de la fatiga”.

Colombia es una Meca del pedalismo. Por cultura, por impacto en su idiosincrasia y por el número de viajes que se realizan cada día (más de 600.000 solo en Bogotá), este es de lejos el país más ciclista de América. Y aunque seguimos siendo una nación desigual, puede que la bici nos esté ofreciendo una oportunidad única de democracia. Sobre los pedales, en bicicletas costosas, coinciden ejecutivos y deportistas de élite; pero junto a ellos, sobre las mismas carreteras y en ejemplares más modestos, viajan también mensajeros, escritores y albañiles. Y entre todos existe hermandad.

Hace unos meses, mientras pedaleaba con amigos en las afueras de Madrid, uno de ellos pinchó y nos detuvimos a cambiar la llanta. Junto a nosotros, en solo diez minutos, pasaron decenas de ciclistas. Y muchos de ellos repitieron con cortesía al pasar las mismas preguntas: “¿Todo bien? ¿Necesitáis ayuda?”. Mientras el carro acentúa las diferencias sociales, la bicicleta las mitiga.

Ahora que me subí de nuevo no pienso bajar nunca más del sillín. Vivo planeando las próximas fugas, paladeando los paisajes que disfrutaré en las nuevas escapadas. Y sé que muchos, como yo, abrigan la misma esperanza. Miles y miles de pedalistas seguirán rodando mientras haya piernas y voluntad. Es decir, siempre.

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