Martha Liliana Hernández: Campeona paralímpica

Por: / Fotografía : Fernando Olaya / Agosto 2018

Martha Liliana Hernández ganó medalla de bronce en los Juegos Paralímpicos de Río 2016. Fue la primera colombiana en alcanzar esta hazaña.

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uando corre los 100 metros planos, Martha Liliana Hernández no solo se enfrenta a otras atletas, también lo hace contra otro rival, uno muy poderoso, aunque no más fuerte que su voluntad: su propio cerebro. Allí está el origen de su discapacidad, una meningitis neonatal que a los tres meses de edad le ocasionó una parálisis cerebral y limitaciones en la movilidad de su lado derecho. En el partidor, segundos antes de que suene el disparo de salida, ella pone todo su esfuerzo en mantener a raya las señales que manda su cerebro, los temblores, los nervios y, sobre todo, los movimientos involuntarios que podrían sacarla de competencia.

“Psicológicamente, sientes que no puedes, que te va a dar algo. Piensas: ‘Me voy a caer, no voy a dar la zancada bien’. Puedes estar bien y de un momento a otro convulsionar”, cuenta Martha durante el receso de su entrenamiento. Hoy estuvo practicando lanzamiento de bala e hizo 400 abdominales.

En 2016, en los Juegos Paralímpicos de Río, Martha conquistó el título que la hará figurar en la historia del deporte nacional: ganó medalla de bronce en los 100 metros planos y se convirtió en la primera colombiana en lograr una medalla paralímpica.

Ella recuerda poco de esos 14,71 segundos que tardó en llegar a la meta. Escuchó el disparo y cerró los ojos. Corrió con todas sus fuerzas, tal como le había dicho su entrenador la noche antes de competir: “Piensa en todo lo que has vivido, en todo lo que puedes hacer y cómo lo puedes lograr. Debes llegar muy fuerte, no mires atrás, siempre adelante”.

“Llegué a la meta y mi mente quedó en blanco. No pensé que hubiera quedado entre las tres primeras del mundo. Solo reaccioné cuando miré la pantalla. El entrenador de la selección me tiró la bandera y me dijo: ‘¡Martuchi, ganamos, ganamos!’. Yo gritaba de alegría, pero no caía en la cuenta. Después de eso todo fue ganancia”.

 

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El difícil viaje hasta el podio

Hace nueve años que Martha se dedica al atletismo. Entrena de lunes a viernes de 8:30 de la mañana a 12:00 del día y luego de 2:30 a 5:30 de la tarde. Para llegar al lugar de la práctica atraviesa Bogotá desde su casa, en Suba Lisboa, hasta el Parque Timiza, en Kennedy. Son 20 kilómetros que se traducen en dos horas de recorrido por trayecto.

Pero salir del municipio de Guamal, Magdalena, para instalarse en Bogotá fue un viaje mucho más largo y lleno de complicaciones. Su mayor aspiración era trabajar como empleada doméstica, pero el deporte selló su destino de una forma inesperada: aunque es un trabajo duro, que le ha costado toneladas de esfuerzo, puede vivir de él, puede seguir superándose y estudiar. Y no solo eso: el deporte la ha fortalecido tanto, que ha dejado de tomar algunos medicamentos, porque ya no le hacen falta.

Cuando niña estuvo al cuidado de su abuela, porque su madre se había ido a Venezuela a trabajar. Fue su abuela quien la atendió, la llevó a brujos y le aplicó toda clase de menjunjes para que caminara. Caminó a los seis años y entonces pudo asistir a la escuela. Entró directo al tercer grado, porque en la casa había aprendido a leer, a escribir y a hacer las operaciones básicas. Y siempre, cuenta, era la mejor de su clase.

“Estudié en un colegio normal. Para mí no fue ninguna dificultad estudiar y relacionarme con las demás personas. Cuando me gradué me dieron el diploma de mejor alumna”, cuenta Martha.

Llegó al atletismo por invitación de un amigo, también de Guamal, que era atleta. Cuando el entrenador la vio, le dijo que tenía buen biotipo para el lanzamiento de bala, de disco y de jabalina. Pero también quería que corriera. Era 2009, Martha tenía 19 años y se había mudado a Chía. En Bogotá no le daban trabajo, solo de vez en cuando hacía turnos en un restaurante lavando platos.

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“La gente se cierra y piensa que cuando alguien tiene una discapacidad no puede hacer las cosas o no se puede superar. Las personas y las empresas te cierran las puertas porque sus espacios no son accesibles para nosotros. Ahí es cuando uno comienza a mendigar el apoyo”, dice.

En medio de las dificultades, el deporte aparecía como una luz brillante. Así que comenzó a ir a los entrenamientos en la Unidad Deportiva El Salitre dos veces por semana. Pocos meses después pudo ir a su primera competencia en Cali. Allí sintió los primeros mareos y malestar. Al volver a Bogotá confirmó la noticia: tenía tres meses de embarazo, y su corta carrera —pensó— había llegado a su fin. Pero el entrenador la llamó y le insistió que volviera.

“Mi hija tenía seis meses cuando volví a los entrenamientos. Yo la llevaba y allá me la cuidaban mientras entrenaba; paraba para darle de comer. Igual, era duro porque me tocaba viajar con la niña, el bolso mío y la pañalera. Fue una época difícil, una de tantas. Fue un proceso largo, de aprendizaje, los golpes que a uno siempre le da la vida”.

El papá de su hija le pedía que dejara el deporte, y la relación empeoraba. Pensó en retirarse porque estaba sacrificándose por algo que veía muy lejos. Pero su entrenador, Pablo Emilio Peña, del Instituto Distrital de Recreación y Deporte, la animó siempre. A Martha se le quiebra la voz cuando habla de él, de lo mucho que ha significado en su carrera.

Si quería mejorar, e incluso llegar a la Selección Colombia de Atletismo, debía entrenar a diario, al menos media jornada. Y eso hizo, y para sobrevivir consiguió trabajos de noche, en las horas en que no entrenaba. El cansancio se empezó a notar en su rendimiento.

Su entrenador se dio cuenta de que algo estaba pasando y decidió ayudarla dándole trabajo los sábados. También se empeñó en fortalecer estratégicamente sus capacidades para que fuera viable ganar fuera de Colombia. Ganar una competencia internacional implicaba que ella empezaría a recibir un incentivo económico de Coldeportes. Eso haría la diferencia: podría dedicarse exclusivamente al deporte.

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Martha comenzó a destacar tímidamente en los Paralímpicos de Londres 2012, donde logró dos novenos lugares en el lanzamiento de disco. A partir de ahí sus logros fueron en ascenso: en 2013 se llevó dos quintos lugares en el Campeonato Mundial de Lyon; en 2014 consiguió dos medallas de bronce en los Juegos Parasuramericanos de Chile; en 2015, en los Parapanamericanos de Toronto, ganó dos medallas de bronce y una de plata.

“Mi situación económica fue cambiando. Ya me podía dedicar solo a entrenar, a hacer feliz a mi hija y hacerme feliz a mí. En diciembre de 2012 pude ir a mi pueblo después de cuatro años. Tuve dinero para darle un regalo de Navidad a mi abuela, que fue la que luchó conmigo. Eso para mí fue fundamental”, comenta.

Entre Londres y Río cambió la preparación. Ahora estaba ciento por ciento entregada al deporte. Su entrenador trabajó en fortalecer sus partes débiles. Y Martha no deja de reconocer el equipo detrás de sus triunfos: entrenador, psicólogo, nutricionista, fisiatra y fisioterapeuta.

En 2017 Martha sufrió una lesión común en los corredores: una periostitis tibial, que no es otra cosa que la inflamación de la tibia causada por el exceso del ejercicio. Estuvo un año fuera de las pistas, sin entrenar y sin competir.

“Fue muy duro porque me estaba preparando para el Mundial, que era en julio, y no pude competir por indicación médica. Entonces, para ocupar la mente, además de la rehabilitación empecé a estudiar. También empecé a trabajar con el IDRD”. Hoy Martha estudia Entrenamiento Deportivo, y cuando termine quiere seguir la licenciatura.

“Quiero enseñarles a los niños que sí se puede. A pesar de que uno tenga una dificultad, y se levante con dolor y piense que no puede, hay que seguir, seguir, seguir. Poder trasmitir lo que sé a los chicos que vienen detrás”.

—¿Y los paralímpicos de Tokio 2020? —pregunto.

—Quiero la medalla de oro. Sé que no es fácil, pero tampoco es imposible.

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