Mi vida con gemelos

Por: / Fotografía : Marcela Riomalo / Mayo 2019

No es un mito: los gemelos viven extrañas coincidencias, una suerte de vidas paralelas. Así lo testimonia la autora, directora ejecutiva de Profamilia y madre orgullosa de cuatro hijos, dos de ellos gemelos.

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esde el primer momento supe que había algo raro con este embarazo. Todo se sentía diferente a los dos anteriores, como que las cosas no estaban bien. Mis hijos mayores habían nacido en España, así que no había visitado nunca a un obstetra en Colombia. Empecé por las recomendaciones de amigas. En la primera cita, después de las formalidades y de contarle al médico que me sentía extraña, me sacó un enorme libro del que me leyó las posibilidades de que mi hijo naciera con defectos congénitos. Le di las gracias y me despedí. El segundo me recetó unas gotas para calmar los nervios. El tercero no me hizo ni caso. El cuarto me dio el teléfono de un psicólogo. El quinto, el de un consejero para parejas. A estas alturas había pasado otro mes y yo seguía sintiéndome demasiado rara.

Un lunes, al despertarme, sentí que no podía pararme. Llamé a una amiga y le pedí que me llevara donde un médico de confianza, porque creía que estaba perdiendo al bebé. Me recogió enseguida y me llevó a un centro de medicina alternativa, donde un médico amable me pidió que me recostara en una camilla para hacerme una ecografía. El doctor preparó el transductor y al posarlo sobre mi estómago, dos imágenes aparecieron en la pantalla. Perfectas, clarísimas. La imagen de dos bebés. Mi grito de emoción llegó hasta la sala de espera. Mi amiga entró asustada, pensando que algo terrible me había pasado. Cuando entró vio la misma imagen que segundos antes había aparecido ante mis ojos, y sólo alcanzo a exclamar “¡Virgen Santa!”. Todo era diferente porque estaba esperando gemelos.

No puedo describir la emoción mezclada con susto que sentí. Y esa sensación no me abandonó hasta el parto. El embarazo resultó ser de alto riesgo, una sola placenta, una sola bolsa. Al sexto mes me acostaron y a partir de ese día mi vida y la de mis hijos se trasladó a mi cama. Allá hacían tareas, jugaban, dormían, comíamos todos. ¡Terminé aborreciendo ese cuarto donde estuve recluida tantos meses!

En la semana 37 calcularon que cada bebé pesaba tres kilos. Adicionalmente había engordado 26 kilos: parecía un Buda. La barriga me servía de bandeja para apoyar las cosas. Hacía rato que no me veía los pies, y todos me molestaban con que en cualquier momento saldría un brazo o una pierna por mi boca.

Finalmente, el 9 de noviembre de 1996 me citaron en el hospital para una cesárea. A las 10:45 de la mañana nació Nicolás y las 10:49 Lucas. Gemelos idénticos.

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La persona más importante para cada uno de ellos es el otro, su hermano gemelo”. 

 

No hay nada que lo prepare a uno para eso. Cómo describir la emoción, la ternura de ver a dos seres exactos, idénticos, perfectos en mis brazos. Ver la emoción de mis dos hijos mayores, cómo se acercaban a sus nuevos hermanos con tanto cuidado, con tanto cariño y asombro. Al mismo tiempo estaba asustada. No sabía de dónde iba a sacar la fuerza y la energía para criar a cuatro hijos: en ese momento Sebastián tenía seis años y Laura cinco. De pronto me di cuenta de que había pasado de ser una madre “moderna”, con su pareja de hijos, a ser madre de una familia numerosa, como nuestras abuelas.

Los primeros días en la casa fueron agotadores, lloraban desconsolados. Una noche observé que cada uno se movía poco a poco dentro de su cunita, hasta quedar junto al otro, separados únicamente por la tela del moisés. En ese momento se me ocurrió ponerlos a dormir juntos en el mismo moisés. Se acomodaron pegándose totalmente, y a partir de ese momento se acabó el llanto. Si uno de ellos estaba intranquilo, bastaba pegarlo al hermano para que se calmara.

Nunca me preparé para lo que significa dar pecho a hijos gemelos. Acababa con uno y ya estaba el otro esperando. Y vuelta a empezar. Había días en que sentía que no hacía nada más. Alimentarlos, bañarme corriendo, volver a alimentarlos, bañarlos, alimentarlos, una pequeña siesta de todos (¡incluida la enfermera que me ayudaba!), alimentarlos... Como eran tan parecidos al poco tiempo nos tocó ponerle una cinta al que acababa de comer, ya que varias veces me equivoqué y armé un enredo tremendo…

Desde el principio cada uno demostró tener personalidades muy distintas. Lucas era muy tranquilo, dormilón, comelón, siempre sonriente. Nicolás era un poco más nervioso, un poco más pequeño que el hermano, tierno, tímido pero muy cariñoso. Aunque había nacido primero, de alguna manera se comportaba como el hermano pequeño, y eso nunca cambió.

No había nada que no hicieran juntos. Era imposible. Aprendieron a gatear uno detrás del otro. Lo mismo cuando aprendieron a caminar, apoyándose uno en el otro. Si se caían, caían juntos y si se golpeaba uno y empezaba a llorar, el otro lloraba también. Yo le ponía algo en la mano a uno y acto seguido él se lo daba a probar al hermano. Pasaba con las bebidas, la comida, los juguetes. Era automático. Su primera palabra fue en media lengua el nombre del otro.

Todo le sucedía primero a Lucas y después a Nicolás, con horas o apenas un día de diferencia. Hubo cosas que pasaron desapercibidas, como la salida de un diente o empezar a hablar. Pero hubo otras cosas que era difícil creer que pudieran pasar. Un chichón en el lado izquierdo de la cabeza de uno se convertía en un chichón en el lado derecho de la cabeza del otro. Cualquier enfermedad era doble. No había manera de evitarlo.

Con el tiempo, y ya entrenados en este tipo de cosas y sabiendo lo que iba a pasar, intentábamos evitarlo estando más pendientes, pero apenas nos relajábamos se presentaba el accidente. Durante un viaje que hicieron con el papá, Lucas regresó con la clavícula derecha fracturada. A la semana Nicolás se cayó en el colegio y se fracturó la clavícula izquierda. En una ocasión fue el tobillo de uno y a la semana el del otro. Cuando aparecí con el segundo gemelo en urgencias no entendían nada, ya que recordaban perfectamente que una semana antes habíamos estado allí para el mismo accidente…

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En muchos momentos difíciles de mi vida me hicieron pasar de las lagrimas a las sonrisas, sólo con verlos caminar pequeñitos, como dos juguetes japoneses, perfectamente iguales y coordinados”.

 

Hoy mis gemelos siguen siendo parecidísimos, pero se notan más las diferencias. Lucas es un poco más alto que el hermano, y siempre ha pesado un kilo más. Nicolás es buenísimo en las humanidades, Lucas en las ciencias y matemáticas aunque también pinta muy bien. Ambos son buenos músicos, uno en el bajo y el otro en la guitarra, y los dos están empezando a tocar la batería.

Hay cosas en las que nunca van a cambiar. La principal, sin duda, es que la persona más importante para cada uno de ellos es el otro, su hermano gemelo. A mí como madre me tocó aceptarlo hace mucho tiempo. Es obvio que me quieren, que adoran a su papá, a sus hermanos. Pero nunca será el mismo amor que se tienen entre ellos.

Aún hay mucho por descubrir y entender de los gemelos. Desde que los tuve me llamó la atención cuánto desconocimiento hay al respecto, inclusive ignorancia. Todavía recuerdo con sorpresa una cita en el colegio donde me recomendaban hacer cosas para separarlos, porque les parecía que pasaban mucho tiempo juntos. Pensé que si habían sido concebidos de un solo óvulo, si eran gemelos idénticos y así habían venido a este mundo, ¿cómo podíamos los demás intentar separar lo que la naturaleza había unido?

Todos los días doy gracias a Dios por la fortuna de haber tenido gemelos. En muchos momentos difíciles de mi vida me hicieron pasar de las lagrimas a las sonrisas, sólo con verlos caminar pequeñitos, como dos juguetes japoneses, perfectamente iguales y coordinados, sin hablar, tomados de la mano, muy pegaditos, cada uno tranquilo en la compañía de su hermano.

Cuando me preguntan cuál ha sido el momento más maravilloso de mi vida siempre pienso en el día en que tuve a cada uno de mis hijos recién nacido en mis brazos. Sebastián, con su enorme sonrisa; Laura, con su dulzura y paz; Nicolás, con su mirada seria y consentida; y Lucas, con su ternura y enorme corazón. Y cada vez que recuerdo ese momento en que vi a mis gemelos en la pantalla del ecógrafo no puedo dejarde sentir lo maravillosa que es la vida y lo afortunada que he sido de tenerlos a todos conmigo.

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Etiquetados con: Familia / Maternidad / Hijos /

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