Las dos caras de la boca

Por: / Febrero 2018

La boca es puerta de entrada y de salida. Esa doble condición trae consigo que debamos poner extremo cuidado en lo que pasa por ella.

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E

l estudioso del comportamiento humano Desmond Morris (autor de El mono desnudo) afirmó que la boca es el campo de batalla de la cara. Es el lugar donde convergen lo más sublime de las palabras y lo más irreparable de las infecciones. En efecto, la boca es un sitio de opuestos. De ella salen con la misma facilidad versos sublimes y regurgitaciones innombrables. La cultura popular lo sabe: cuando irrumpimos en groserías alguien suele preguntar ¿y con esa misma boca llama a la mamá?

Considere el capítulo siete de la novela Rayuela, de Julio Cortazar, que hasta el día de hoy leía sin angustia:

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Ahora sé que no es aconsejable que otra persona le pase a uno la mano por la boca de esa manera. Nunca veré ese pasaje con la misma óptica luego de saber que existe una condición llamada enfermedad del beso profundo, o fiebre de los amantes. El doctor Diego Castro, patólogo oral a quien consulté para este escrito, un hombre silencioso que estudia la boca como el cardiólogo el corazón, me lo tuvo que explicar: la enfermedad del beso profundo o mononucleosis se da cuando dos se besan con todos los juguetes con tal intensidad que se pasan un virus. Los adolescentes son sus principales víctimas, pero a cualquiera le cae. Yo pensé que estaba salvado y que debía usar protección sólo para lo que suele venir luego del beso; nunca ponderé los peligrosos patógenos de una mera caricia con la boca.

En algún momento de la entrevista con Castro le sugerí que en la impecable bata blanca cosiera la boca de los Rolling Stones. Se rió ligeramente, es decir, movió la boca. Luego caí en cuenta de que la boca de los Stones no se veía muy sana. También le pregunté al sabio doctor si sabiendo todo lo que sabe sobre la boca no teme besar… condición que descartó por ser estrictamente monógamo. Claro que yo también lo soy y por ello no me angustia mi boca. De hecho nadie se preocupa seriamente por la boca; por eso la metemos en todos lados, la aterrizamos en lo público y en lo probado… hasta que se inflama.

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Los facultativos hacen un cierto esfuerzo por recordarnos los peligros de la boca; nadie quiere ser el médico de lo que no es grave… ah, es sólo en la boca. Alguna vez me atendió uno que más que periodoncista, odontólogo, patólogo oral, se describía en su tarjeta como “estomatólogo”. Un estomatólogo es un científico de bocas… un hombre que investiga aperturas o las fabrica, no solo en la cara. Una colostomía constituye en cenit de su alegría; es abrir una boca donde no la había aunque no se use para ingerir cosa alguna sino para expeler cosa alguna. Las bocas, lo saben los estomatólogos, son ubicuas.

En su Diccionario filosófico, Voltaire introduce el tema de la boca cuando habla del amor: “Ningún animal, excepto el hombre, siente inflamarse su corazón al mismo tiempo que se excita la sensibilidad de todo su cuerpo; sobre todo, los labios gozan de una voluptuosidad que no fatiga, y de ese placer sólo goza la especie humana”.

Los labios son voluptuosos. Es por la boca que la gula es un pecado capital. El problema nunca ha sido la comida; el pecado fue meterse tantos objetos a la boca, cosa que lamentamos con los bebés. Toda la condenación de la especie viene justo por una boca golosa. El problema de Eva no fue comer, fue su boca que no contenta con las cosas que se podía meter en ella decidió meterse lo primero que Dios prohibió. La boca es insaciable.

En la Edad Media la entrada al infierno se solía representar como una boca de gato metida dentro de otra boca de gato de donde emanaban humores putrefactos. Pero en la misma iconografía, la boca le entrega al mundo la palabra, el perdón y la salvación.

Hasta los evolucionistas saben del doble carácter: la boca evolucionó roja, lúbrica y deleitable cuando aprendimos a caminar erguidos; los labios femeninos comenzaron a imitar otras partes de la fisionomía también provistos de labios —de hecho dos pares—. Quizá por ello se habla de esta perdida zona erógena como la sonrisa vertical. Y es por ello que el sexo, como la gula, es uno de los “pecados” más deleitables.

El carácter doble de la boca se denota magistralmente en un pasaje que narra Charles Chaplin en su Autobiografía: a los seis años vio cómo su hermano Sydney hacía un truco en el que supuestamente se tragaba una moneda y la sacaba por la nuca. En su primera aparición en el escenario Charlie procedió a tirarse con fuerza una moneda en el interior de la boca y terminó en el hospital. Pero por el mismo acto de su boca, comenzó la carrera de actuación más famosa de todos los tiempos.

 

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