Lo que aprendí con mi divorcio

Por: / Ilustración: Camila López / Julio 2019

La separación de una pareja es una etapa amarga, pero también una oportunidad para descubrir otras dimensiones de nosotros mismos. Un testimonio.

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uego de año y medio de mi divorcio, una mañana me di cuenta de cuánto disfruto ver el amanecer desde mi cama. Cuando estaba casada dormíamos con las cortinas cerradas, porque él así lo prefería, y yo me tenía que conformar con esa oscuridad, con la poca luz que traspasaba la tela.

Mientras disfrutaba de la luz que entraba por la ventana, repasé todas las cosas de las que me había privado cuando estaba casada. Algunas eran insignificantes, como esa luz que inundaba mi cuarto, y otras no tanto. Empecé preguntarme: ¿a qué renuncié cuando estaba en pareja? ¿Valieron la pena esas renuncias? ¿En qué aspectos estoy dispuesta a ceder de ahora en adelante?

Gracias a ese periodo largo y pleno de soledad, llegaron estas y otras interrogantes que de otra forma nunca me hubiesen pasado por la cabeza. Por eso cuando digo que soy divorciada, en realidad no lo siento como un estigma. Al contrario, me siento orgullosa de haber aprendido a observar más de cerca mi relación más importante, la que estructura todas las demás: la relación conmigo misma.

A continuación cuatro cosas que aprendí gracias a este giro del destino.

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1. “Cuando quiero algo me lo pido a mí misma”

Mi ex esposo y yo tejimos una pieza única, una trama que solo ambos podíamos descifrar, como pasa con cualquier pareja. Dentro de esa compleja dinámica, llegó a resultarme muy difícil distinguirme como individuo.

Mezclé con la relación frustraciones personales muy trascendentales para mí, como proyectos laborales interrumpidos, estudios postergados o cosas aparentemente más simples que dejé de lado, como hobbies, intereses propios, maneras de cultivar mi ser durante el tiempo libre. Fue inevitable recargar en mi pareja este tipo de molestias. Esperaba, en cierto modo, que él las hiciera desaparecer.

Ya en soledad, no hay espacio para la distracción que implica esperar que el otro te satisfaga o dedicarse por completo a complacer a tu pareja. Típicas discusiones, como decidir qué nos provoca cenar, quedan atrás. Ahora me pregunto desde cero: qué me gusta comer, qué me hace bien, qué quiero hoy, esta noche. Cuando uno está sin pareja, el foco regresa completamente hacia uno mismo: deficiencias, virtudes y potencial por explorar.

La Abuela Margarita, conocida vocera de la cultura maya, dice: “Cuando quiero algo me lo pido a mí misma”. Vivir para nosotros mismos en primer lugar, y no en función del otro, no solo puede significar un alivio: es una responsabilidad. Al ocuparme de mis necesidades emocionales, espirituales y lograr la independencia económica, mi autoconfiaza empezó a fortalecerse. Desde ahí intento construir relaciones dándole prioridad a mi autonomía.

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2. Me mantengo atenta a las emociones y al cuerpo

Cuando empecé a sentirme mejor, me invadió un torrente de euforia y energía renovada. Me reactivé a nivel físico de manera intensa. Mis horas de ejercicio aumentaron considerablemente. Probé retos nuevos, bajé de peso y me sentí muy fuerte. Me siento fuerte.

La curva ascendente de intensidad se detuvo por una lesión muscular. Me di cuenta de que en pro de “avanzar” estaba evadiendo dolores y limitaciones corporales, y eso era un reflejo de mi situación emocional. Me exigía de más para demostrarme que podía dominar la situación después del duelo de la separación, que todo estaba “superado”.

El dolor corporal es una alarma para hacer una pausa y examinar. Igual pasa con los sentimientos y emociones “negativos”. Son una valiosa fuente de información para revisar conductas propias: cómo nos afecta una relación actual, establecer límites o mirar algo del pasado que necesitamos procesar.

Ignorar los dolores físicos o emocionales no hace que desaparezcan. Respetemos nuestros ritmos para sanar y permitámonos sentir sin juicios, sin miedo, con curiosidad. Esto además nos enseñará a tratar a los demás con más tacto, establecer conexiones más profundas y desarrollar verdadera empatía. Porque todo empieza experimentándolo en nosotros mismos.

"Cuando uno está sin pareja, el foco regresa completamente hacia uno mismo: deficiencias, virtudes y potencial por explorar".

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3. Descubro el amor más allá de una pareja. Construyo y cuido mi red de afectos

Mi ex pareja y yo creamos una especie de oasis social que fue delicioso y necesario para fortalecer la relación por algún tiempo. Sólo entraba un selecto grupo de familiares y amigos. Casi imperceptiblemente este círculo se fue cerrando y quedaron por fuera afectos importantes para cada uno de los dos.

Cuando salí de la cueva del despecho tuve que rescatar muchas amistades que siempre orbitaron como satélites y sobrevivieron a través del tiempo. Algunos funcionaron como puente para reconectarme laboralmente, otros me ayudaron cuando estaba enferma, triste, o cuando sentía que no podía continuar sola.

Empecé a hacer desayunos grupales con compañeros del yoga y otros contextos, porque es mi comida favorita del día y me encanta compartirla. También regresé a sus espacios, me actualicé con sus proyectos de vida y me llené de ideas frescas.

Cada una de estas personas revivieron algo de mi identidad y de mis pasiones más profundas. Estos vínculos han sido una gran oportunidad para construir nuevas metas y visiones o simplemente disfrutar del tiempo libre. Entendí que fue un error concentrar todo mi afecto y atención en una sola persona. Sola o acompañada, siempre es importante cuidar y cultivar la red.

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4. Cambió mi concepto de relación

Una amiga, también divorciada, dice que no en vano los votos eclesiásticos rezan: “Lo que Dios unió, no lo separe el hombre”. Seamos creyentes o no, es cierto que hay vínculos que deja el matrimonio que pueden persistir por meses, años o toda la vida. Hijos, propiedades, amigos, proyectos en común, cosas que no se desvanecen automáticamente con la ruptura.

Sin embargo, esto no impide que reinventemos nuestra vida por completo o que nos planteemos nuevas formas de establecer relaciones que antes no hubiésemos explorado.

Antes de ennoviarme y comprometerme tenía 25 años. Ahora que tengo casi 40, el mundo y las formas que tienen las personas de enamorarse son diferentes. Discursos de género, nuevos feminismos, monogamia vs. poliamor, apps de citas... Las reglas han cambiado, pero yo también gracias a lo vivido.

Ahora me es más fácil identificar las cualidades que harían la convivencia mucho más fácil y llevadera. Pero siento que eso no es requisito suficiente para garantizar el éxito de una relación. Me sigo preguntando: ¿quiero una pareja para convivir o solo para pasarla bien a ratos? ¿Hasta qué nivel quiero involucrarme con una persona? Aún no lo sé.

Un divorcio puede enseñarte que por más papeles que firmes nada es seguro ni definitivo. Que el nivel de compromiso, así como el amor, no lo demuestran palabras escritas o pronunciadas. Lo demuestran los hechos y cómo se enfrentan los momentos duros, más que los felices.

Un requisito indispensable para mí, más allá clasificar o etiquetar una relación, es la reciprocidad. El equilibrio entre lo que das y recibes de la otra persona. Entender realmente lo que es un verdadero intercambio y apoyo entre dos.

Pero es muy probable que esa nueva persona que aparezca haga tambalear las convicciones que con cuidado vamos armando. Que venga un nuevo amor, baje la cortina de mi habitación de nuevo y yo prefiera no protestar.

Después de todo, no importa por cuántas lecciones, compromisos o experiencias amorosas hayamos pasado. Siempre seremos, como dice David Bowie en una canción, “Principiantes absolutos, con los ojos completamente abiertos, pero igualmente nerviosos”.

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