Un testimonio de lactancia materna

Por: / Junio 2018

La lactancia está tan rodeada de mitos como el embarazo y el parto. Así como cada bebé es único, cada experiencia de lactancia también lo es. No obstante, el recorrido de otras madres puede aclarar dudas y dar seguridad a las nuevas mamás.

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i mamá nos crió con tetero y leche de fórmula. Ella y mis tías siempre repetían que fueron malas lecheras. Aunque mi abuela dio pecho a siete bebés, sus hijas no lograron sacar adelante la lactancia pese a que ella las obligó a tomar sorbete de curuba, Pony Malta, agua de hinojo y les masajeó los senos durante la cuarentena. Los médicos no les insistieron demasiado, pues en los ochenta era común creer que la leche de tarro era mejor para los infantes. También les enseñaban a las primíparas a dar de comer cada tres horas para generar disciplina en el recién nacido, idea que va en contravía de la naturaleza de la teta, que se debe ofrecer a demanda. Todos crecimos bien, con apego a nuestras progenitoras y, por lo que se ve en las fotos, perfectamente nutridos, gorditos y sanos.

Aun así, tenía claro que iba a hacer lo necesario para alimentar yo misma a mi hijo. Antes de dar a luz asistí a reuniones de La Liga de Leche, masajeé mis pezones con estropajo todas las mañanas y me eché vino rojo por las noches. Además leí cuanto artículo pude encontrar y vi varios videos en YouTube para aprender a amantar.

Casi todas las madres que me crucé me advirtieron que lactar es difícil. Es más, mi ginecóloga sentenció: “dar pecho es más duro que el mismo parto”. Aunque la leche materna es el mejor alimento, el más sano e inteligente (por sus componentes que cambian acorde a la necesidad del momento), la lactancia no es sencilla ni obvia. Quizás hemos perdido el instinto o tal vez desde el principio se necesitó que alguien nos enseñara. Dar la teta es doloroso, agotador y el miedo que puede sentir una madre como yo a fracasar en el intento es peor. Para mí la posibilidad de tener que ofrecer un tetero era la mayor de las derrotas.

Mi mamá estuvo conmigo todo el tiempo. Fue ella quien me enseñó a poner un pañal, a bañar al bebé, a acostarlo en el moisés, a distinguir ciertos llantos, pero no me podía ayudar con la lactancia. Solo recordaba el dolor del día que le bajó la leche y lo desgastante que fue tratar de amamantarme durante los primeros tres meses, hasta que tiró la toalla. El apoyo de mi esposo fue maravilloso, él acomodó a Luca a mi seno durante los primeros días para lograr el enganche, y aunque mi doula me hizo masajes y me proporcionó varios tips, me sentía nadando en aguas misteriosas, ahogándome en dudas.

Por suerte comenzaron a llegar los consejos de mis amigas madres que sí lograron una lactancia exitosa y estuvieron allí para ayudarme. Whatsapp y Facebook se convirtieron en espacios de foro. Fue así como me recomendaron echar lanolina a mis pezones, dejarlos al aire, ponerme repollo congelado para suavizar la congestión, masajearme en la ducha con agua caliente y usar pezoneras. Sobre todo mi gran amiga de toda la vida, quien para cuando nació mi bebé ya iba por su segundo hijo, fue incondicional. Ella me dio palabras de aliento cuando el pequeño pasó por los brotes de crecimiento y pedía teta cada media hora. Me dijo que era normal que tomara tan seguido, porque necesitaba aumentar la producción de leche. Escuchó mi llanto cuando tenía los pezones tan cuarteados que el roce con el protector de lactancia o el agua de la ducha me hacían llorar. Cuando la boca del bebé me generaba pánico momentáneo. Nunca cuestionó mi capacidad para alimentar a Luca, y cuando le pregunté si en algún momento iba a dejar de doler me prometió que sí, con los días sería más fácil.

Todo se fue “normalizando”, si es que a ese estado mamíferopuro se le puede llamar normal en una sociedad donde la norma ya no es dar la teta, y menos en público. Lactar se me volvió un acto natural, fácil y muy placentero. Un momento de comunión absoluta con mi hijo, un espacio que es solo nuestro hasta hoy.

Mi manera de agradecer la ayuda fue apoyar a otras amigas. Así me convertí en consultora de lactancia ad honorem y paño de lágrimas. Aconsejé a dos madres que parieron un par de meses después de mí. A ellas les pedí que hicieran oídos sordos a quienes les dijeran que los niños pedían tanto porque su leche no los alimentaba. Les recomendé que se fijaran en los pañales: si los pequeños hacían bastante pipí y popó era porque los estaban alimentando bien. Les sugerí que no miraran el reloj y que dejaran que el bebé decidiera cuánto quería comer, o simplemente sentir el calorcito de la mamá, pues la teta es más que una fuente de alimento. Les prometí que en un tiempo dejaría de doler y sería más fácil.

Ahora espero que ellas tengan la oportunidad de ayudar a alguien más, para que como una cadena de favores las mamás logremos conseguir el apoyo necesario para tener una lactancia exitosa. Una comunidad en la que ninguna pregunta es errónea y todas las respuestas son escuchadas, pero donde al final la experiencia ayuda al instinto a entrar en acción.

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