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juego y salud mental

‘Juego de niñxs’, de Francis Alÿs: ¿qué pasa cuando dejamos de jugar?

Fotografía
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En Bogotá, el Museo de Arte Miguel Urrutia presenta una muestra que recoge el registro de niños de diferentes latitudes del mundo practicando 27 juegos que están desapareciendo. Al concluir el recorrido guiado, la autora conversó con expertos en salud mental que hablan sobre el peligro de su extinción.

Hasta el próximo 24 de agosto las paredes del parqueadero y del segundo piso del Museo de Arte Miguel Urrutia desbordan los límites de una sala de exhibición convencional. El cubo blanco y estéril se desvanece con Juego de niñxs, una antología maestra que parte de una profunda investigación sociológica con un resultado cinematográfico que ha venido realizando el artista belga-mexicano Francis Alÿs desde 1999.

Alÿs ha recorrido el mundo documentando el conocimiento milenario del juego: “Niñas y niños creando reglas, resolviendo conflictos e imaginando mundos. Sin adultos, crean un laboratorio social donde se ensayan formas de cooperación, competencia y organización. La exposición es un archivo vivo de prácticas instintivas que pueden estar en peligro de extinción por las oleadas digitales, porque las calles ya no son igual de seguras, porque los niños ya no salen a jugar y porque ha cambiado nuestra forma de relacionarnos”, dice Paula Duarte, jefe de la sección técnica curatorial de la Unidad de Artes y Otras Colecciones del Banco de la República. 

La primera exposición de este archivo, que todavía no tiene punto final porque el artista continúa liderando un equipo de trabajo que viaja por los cinco continentes y que a la fecha ha filmado 55 cortometrajes, se gestó en 2023 y se presentó en el Museo Universitario Arte Contemporáneo de Ciudad de México con la curaduría de Cuauhtémoc Medina y de Virginia Roy. Estuvo en el Museo de Arte de Zapopan, en Guadalajara, y el año pasado hizo parte de la programación del Centro Nacional de Arte Contemporáneo de Santiago de Chile. 

Duarte, que vivió de cerca el montaje de la primera muestra cuando dirigía el Instituto de Liderazgo de Museos, con sede en el MUAC, y que conoce el proyecto desde su origen, asegura que Juego de niñxs invita a hacer una pausa dentro de la complejidad que estamos viviendo para ver la posibilidad de lo lúdico como estrategia de consenso y de diálogo, y para advertir que el juego no es solamente para los infantes: “A veces a los adultos se nos olvida jugar e imaginar, y creo que ahí hay una posibilidad de otros mundos que podemos vincular a nuestras cotidianidades. Nos tomamos todo muy en serio, y el juego permite generar otras dinámicas de estar con el otro a través de lo corpóreo, de estar presentes y disfrutar”. 

Un museo convertido en patio de juegos

Kujunkuluka es el título de la obra que recibe al espectador. Se trata de una pantalla de cinco metros de alto que proyecta en altísima definición a un grupo de niñas y niños descalzos en la República Democrática del Congo dando vueltas con los brazos abiertos en un mismo sitio hasta desplomarse. Aunque el elemento competitivo está en que cada uno trata de ser el último en quedar de pie, en definitiva el juego busca provocar una serie de sensaciones internas, un vértigo creciente, un estado alterado que se percibe en la introspección de los ojos semicerrados.

Adentro, en la sala del segundo piso del museo, la oscuridad y el ruido permiten que el público se desinhiba porque no hay advertencia de “no acercarse”. El artista, que es arquitecto de formación, siempre se involucra en la museografía. Desde que se gestó la primera exhibición, Alÿs decidió tener varias sillas con ruedas para que cada visitante recorra el espacio expositivo a su propia velocidad. “La intención de la cacofonía del ruido es buscada: no es que los sonidos de los videos se traslapen por accidente, sino que se busca que la gente piense que está en un patio de juegos. Los niños pueden jugar con las sillas, incluso tuvimos una fila, una culebrita de adolescentes y adultos que recorría los videos”, me explica Paula Duarte. 

A veces a los adultos se nos olvida jugar e imaginar.

Mientras que chicos en La Habana usan cualquier madera que tienen a la mano y baleros para ponerle ruedas con las que fabricar sus chivichanas -en las que se explayan para jugar a las carreras-, dos manos en Ciudad de México se enfrentan al antiguo juego chino de piedra, papel o tijera, un niño de 10 años en Afganistán frunce el ceño y gesticula conversando con las rachas de viento mientras sujeta la cuerda de su precaria cometa y tres jovencitas sortean la pandemia saltando la cuerda, seis niños en Oaxaca rondan cinco sillas a saltitos mientras suena una música de fondo que cuando se detiene todos se abalanzan sobre el asiento más cercano porque una persona quedará fuera. 

En definitiva, todos los juegos requieren de poco artificio. Sin pistolas de agua ni ningún tipo de dispositivo electrónico, los protagonistas de estas historias cinematográficas, 27 de ellas exhibidas en el MAMU, toman como insumo fundamental la creatividad, son asombrosamente recursivos y utilizan su propio cuerpo con los cinco sentidos. Ellos sí que saben estar presentes y activos viviendo el momento. 

Realidad versus virtualidad

Al referirse a un juego en línea, en internet, la doctora Lina Ruiz, médica adscrita a Colsanitas con especialidad en psiquiatría infantil y del adolescente, recomienda estar muy atento al acceso a pantallas que tengan las niños, niñas y adolescentes, limitarlo totalmente antes de los 4 años y que la exposición a estas sean supervisadas por un adulto responsable.

Además advierte que, como finalidad de interacción, ojalá en la otra pantalla haya otro niño y ambos se estén riendo, que sea un compañerito o un primo. Esa modalidad ayudó un poco en pandemia con el aislamiento físico, pero no reemplaza el estar cerca de la otra persona con los cinco sentidos porque en el juego en vivo hay que esperar y tolerar al otro, mientras que en el videojuego se obtiene una gratificación más rápida e intensa que conlleva al cerebro a necesitar ese ritmo. 

“Me he dado cuenta de que a los adolescentes que fueron niños durante el COVID les cuesta mucho vincularse. Dicen que tienen amigos, pero la verdad es que se trata de seguidores en las redes sociales. A pesar de estar ávidos de pertenecer y necesitar aprobación, que es punto esencial en la adolescencia como parte de la maduración no solo psicológica, porque es parte del sistema nervioso, al final no logran crear vínculos fuertes”, afirma la especialista.

Jugar nunca fue una pérdida de tiempo, sino una de las formas más esenciales de aprender a estar con los demás.

Por más que se trate de un tema didáctico o de una videollamada con la familia, el tiempo de exposición a televisores, tabletas digitales y teléfonos móviles suma. “Se trata de encontrar un balance en la vida y el contexto del niño. La clave es que la exposición a lo digital no le impida jugar con otro niño en la presencia física y mental porque ese contacto le ayuda a vincularse, a acatar normas, a defenderse, a tolerar la frustración y a encontrarse con el otro para entenderlo y generar empatía”, afirma.

Lo que está en juego

De ahí la importancia de preservar los espacios de encuentro y juego presenciales como los expuestos en Juego de niñxs. “Francis considera que este es un archivo vivo y uno de sus mayores legados para la humanidad, si no el mayor”, apunta Paula Duarte.

¿Y qué pasaría si estos juegos se extinguen del planeta? El psicólogo clínico Fabián Sierra, especialista en desarrollo infantil adscrito a Colsanitas, responde que el tipo de juegos que ha venido registrando Alÿs hacen parte de nuestro desarrollo cognitivo y social como seres humanos, y su ausencia disminuye habilidades como la creatividad y la comunicación. “Tanto jóvenes como adultos han reemplazado actividades recreativas y sociales por el uso constante del celular. Al preferir ver videos o usar aplicaciones se genera una mayor dependencia tecnológica y una reducción significativa de la imaginación”. 

Por fortuna, los museos fueron hechos para educar, no solo para conservar y promover un legado material. Esta exposición es un dispositivo que dispara en el espectador una experiencia que, sin duda, va a compartir. Trátese de una conexión o una confrontación, el museo media ese encuentro que, en lo que a mí respecta, conmueve y formula más preguntas que respuestas. Finalmente, siempre que me encuentro con un conjunto de obras de arte englobadas por un hilo conductor determinado, hallo una gran enciclopedia abierta. En este caso, una que nos recuerda que jugar nunca fue una pérdida de tiempo, sino una de las formas más esenciales de aprender a estar con los demás.

Información para visitar la exposición 

Museo de Arte Miguel Urrutia

Calle 11 No. 4-21, Bogotá

Entrada libre

Consulta aquí las actividades que presenta el museo en el marco de la exposición. 

Soraya Yamhure Jesurun

Periodista y actriz. Colaboradora frecuente de Bienestar Colsanitas y Bacánika.