Yo fui mamá canguro

Por: / Junio 2019

El método que nació en Colombia del ingenio y la necesidad, tiene hoy reconocimiento científico y se aplica en más de 30 países. Su práctica reduce la mortalidad de los recién nacidos y compensa los obstáculos que representa venir al mundo antes de tiempo.

SEPARADOR

E

l bebé no se movía. “hay que desembarazar”, dijo la doctora. No habló de cesárea ni de parto. Dijo desembarazar, y yo pensé en la muerte. Después lo supe: ese es el término médico para decirte que el bebé estará mejor afuera que adentro.

Mi hijo, de 34 semanas, salió de mi vientre sin recalar siquiera unos segundos en mi pecho: directo a la incubadora que lo acogió durante 22 días. Lo conocí a la mañana siguiente, pero solo lo pude cargar cuatro días más tarde. Cuando me preguntaban si me dolía la herida, decía que no. Y era cierto, aquel aguijonazo no era nada comparado con la impotencia de no tener a mi hijo.

Lo vi por primera vez a través de esa vitrina transparente, ese muro infranqueable: era flaco y, conectado a tantos aparatos que registraban sus signos vitales, parecía aún más frágil. Herida por esa imagen, sin poder besarlo, me flaquearon las piernas y llegó el miedo.

Ese primer día —sin bebé en la barriga, sin hijo en los brazos— me dijeron que sería madre canguro. Él, con menos de 2.000 gramos, cumplía las condiciones para entrar al programa. Formaba parte del 12% de niños prematuros que nacen en Colombia (el promedio en Europa es de 5%). Aún medio sedada, asistí con mi esposo al taller de entrenamiento en el hospital. Todas las indicaciones sobre los cuidados del bebé, y las distintas señales de alarma, me sonaban ajenas. Aún no me sentía mamá.

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El Método Canguro es hijo del ingenio y la necesidad. Lo concibió en 1978 el pediatra Edgar Rey Sanabria, entonces director del Departamento de Recién Nacidos del Instituto Materno Infantilde Bogotá (IMI). Cada año esa institución registraba unos 30 mil partos, de los cuales 15% nacía antes de las 37 semanas (prematuro), o con menos de 2.500 gramos (bajo peso al nacer).

A menudo, dos y tres bebés compartían la misma incubadora. El hacinamiento propagaba enfermedades que sus sistemas inmunológicos eran incapaces de combatir, y muchas veces les producían la muerte. Entre 1970 y 1975, la mortalidad infantil era de 73 por cada mil nacidos vivos. En el quinquenio siguiente esa tasa bajó a 56. Hoy es de 16. El 65 por ciento de esas muertes ocurre en el primer mes de vida.

Las unidades de cuidados intensivos prohibían la visita de“extraños”, incluida la madre, que tampoco podía alimentarlo con su leche. A esto se agregaban los largos períodos de hospitalización (tres o cuatro meses mientras el bebé ganaba peso), que incrementaban las tasas de abandono: había madres que jamás volvían.

Rey Sanabria había leído sobre la fisiología de los marsupiales, y estaba convencido de que los bebés podían mejorar si, una vez estabilizados, imitaban a los canguros. Así, la primera medida que se tomó fue permitir que las madres amamantaran a sus hijos. Las madres que por alguna razón no podían, debían extraer su leche para que le fuera suministrada al bebé por sonda o por deglución.

Para garantizar al niño la temperatura ideal (de 37º C), éste debía permanecer en contacto piel a piel en el pecho de su madre. De esta forma el bebé se mantenía cálido sin gastar energía—y peso— tratando de calentarse. Inicialmente la posición del bebé en el pecho de la madre era lateral, pero luego se adoptó la posición frontal que hoy se mantiene. Aunque el método ha tenido variantes (el uso de la faja, o la leche de fórmula en casos necesarios), parte del mismo principio: calor, amor y leche materna.

"Ganan todos: el niño, la madre y la sociedad, al tener niños en mejor estado. Y gana el hospital, que ahorra costos y libera sus incubadoras para niños más críticos".

Con la madre alimentando a su hijo, los beneficios fueron inmediatos: los niños fortalecían su sistema inmunológico, ganaban peso rápidamente, evitaban infecciones y se acortaba su estadía en el hospital. A esto se sumaba otra ventaja que ninguna tecnología podía superar: ese contacto estrechaba el vínculo entre madre e hijo.

Rey Sanabria vio los resultados y le dio un impulso al método desde la dirección del departamento de Pediatría de la Universidad Nacional. En 1979, el doctor Héctor Martínez Gómez se hizo cargo del programa, y en 1982, el doctor Luis Hernán Navarrete también se vinculó. Para entonces, la oficina regional de Unicef colaboraba con su difusión en América Latina. Además financió equipos que vinieron a entrenarse a Colombia. En 1982, el Ministerio de Salud también se interesó y apoyó el desarrollo del programa.

Sin embargo, la resistencia no llegó desde las instituciones sino desde los colegas, quienes argumentaban la falta de evidencia científica en la aplicación del método. Es que durante esos primeros años no hubo seguimiento científico, pero las estadísticas previas decían que los bebés nacidos con un peso inferior a los 1.000 gramos no sobrevivían; mientras que en el grupo de 1.001 a 1.500 gramos sobrevivía solo el 35 por ciento, y 81 por ciento de los bebés que pesaban entre 1.501 y 2.000 gramos. Hoy en día, las tasas de supervivencia son más altas: un bebé de apenas 25 semanas de gestación y con 750 gramos de peso, tiene una probabilidad de supervivencia del 50 por ciento.

Durante la implementación del programa, el personal del IMI presenció el cambio: la tasa de mortalidad y los índices de abandono descendieron. Había nacido el Método Madre Canguro.

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La primera semana fue la más dura: entraba a la Unidad y, al vera mi hijo, no podía evitarlo: lloraba enseguida. Las enfermeras me regañaban con amor: “No llores, que el bebé siente todo y se va a poner triste. Tienes que ser fuerte”. A veces quería gritar: “¡Devuélvanme a mi bebé!”. Si no lo hice fue porque, apenas lo puse en mi pecho, mi depresión cesó. Por fin era madre. Una mamá canguro. A mi tristeza de esos días por no tenerlo en casa se sumaba la culpa. Si me cuidé y me alimenté bien, ¿por qué mi hijo no creció lo suficiente? ¿Por qué nació antes? Cangurearlo varias horas al día en el hospital me ayudó a superar esos pensamientos.

Martha Cristo Borrero, psicóloga de la Fundación Canguro, ha trabajado con el Método desde que se inició en el IMI. Ella confirma los enormes beneficios psicológicos de cargar al bebé en la posición canguro. La madre o el padre ponen al bebé en contacto directo con el pecho desnudo, sostenido por una faja de tela elástica; el bebé puede estar desnudo, solo con pañal, gorro y medias, adherido en posición de rana. Así se evita el reflujo, la apnea —común en los prematuros— y la bronco aspiración.

—Ahora sí eres mamá—dice Cristo Borrero. Con el bebé en la faja puedes terminar el embarazo; puedes protegerlo y darle lo que supuestamente no le diste porque nació antes de tiempo. Eso cicatriza la parte emocional. Ayudas al organismo a que te reconozca como mamá.

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Pasaron diez años para que el método fuera evaluado con rigor. La curiosidad de una pediatra francesa, Nathalie Charpak, fue el inicio de todo. Ahora, en la consulta del Hospital San Ignacio, donde está la Fundación Canguro que ella dirige, recuerda cómo fue su encuentro con el método:

—La primera vez que vi un bebé prematuro en el pecho de su madre, y no en la incubadora, me aterré. Me dio miedo, pero al mismo tiempo estaba claro que ese bebé tenía bienestar. Y su mamá estaba orgullosa de lo que hacía.

Charpak llegó a Bogotá en 1987, junto a su esposo colombiano. Era pediatra en Francia, pero debía revalidar su título aquí. Entonces se inscribió en la Universidad Nacional y eligió hacer su servicio rural en el IMI, porque sabía que allí se aplicaba el Método Canguro. Para entonces, algunos pediatras lo consideraban atractivo, aunque folclórico. Una percepción que se debía, sobre todo, a que no tenía protocolo escrito.

Impulsada por su deseo de darle validez científica al método,en 1993 Charpak hizo un estudio de comparación entre el Materno Infantil y el Seguro Social, donde no se aplicaba el Método. Resultados: hubo una mortalidad inferior en el grupo canguro, con 11 muertos versus 19.

—Morían menos, se infectaban menos y su coordinación motora y visual estaba mejor—dice Charpak. Al estar en contacto permanente con el bebé, la sensibilidad de los padres era más alta ante las señales de alarma. Eso hace una diferencia entre lavida y la muerte.

En 2004, la Organización Mundial de la Salud declaró al Método Canguro equivalente a los procedimientos convencionales para combatir la mortalidad infantil, como la incubadora, pero con ventajas adicionales: humaniza la atención neonatal y afianza los vínculos con los padres. En Colombia, desde 2008, según Decreto 425 del Ministerio de la Protección Social, se obliga a las instituciones de salud que trabajan con niños y sus madres, a implementar y promover el Método Madre Canguro en su servicio.

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Un bebé prematuro pasa de la oscuridad del útero a la luz de la sala y la incubadora. También pasa del relativo silencio al ruido: monitores que pitan, alarmas, voces. A estas condiciones hostiles se suma la separación de la madre. Así, el trauma de nacer se multiplica con los prematuros, que conocen la soledad y el dolor desde temprano. Charpak defiende con celo el bienestar de los recién nacidos en las Unidades de Cuidados Intensivos. Dice que las salas pueden ser menos hostiles, con monitores aislados ,como se hace en los países nórdicos. Parte de la humanización requiere que las salas de neonatos estén abiertas las 24 horas.

El método canguro se aplica en unos 30 hospitales del país. En Bogotá, solo cuatro centros clínicos tienen unidades abiertas las 24 horas. La neonatóloga Natalia Restrepo coordina una de ellas: la Unidad de Recién Nacidos de la Clínica Colombia, que se inauguró en 2006. La negativa de abrir las unidades, dice, viene del personal médico y paramédico:

—Está demostrado que las visitas no incrementan el riesgo de infecciones; por el contrario, las disminuyen. Las infecciones dentro de la unidad se transmiten por el personal que manipula a varios bebés, no por los padres que solo tocan al suyo.

Charpak, por su parte, está convencida de que el Método Canguro es una buena excusa para introducir medidas de humanización en los cuidados del recién nacido:

—Se trata de un cerebro inmaduro y hay que ponerlo en la situación menos estresante posible. ¿Qué lugar es menos estresante que uno donde se escucha el mismo corazón, la misma voz, el mismo olor que tenía en la barriga?

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"Mi deseo es que todos los bebés sean cargados así. Un bebé que nace a término también tiene un trauma y una regulación térmica no ideal".

Son varios los estudios que prueban su teoría. Desde la Fundación Canguro que Charpak creó y dirige, hizo el seguimiento de un grupo de niños prematuros cuando cumplieron 15 años, y probó que los antiguos bebés canguro tenían las conexiones interhemisféricasdel cerebro —una función que permite a los dos hemisferios comunicarse para realizar infinitas tareas— iguales a las de niños nacidos a término. Sus cerebros se habían desarrollado de forma correcta, mientras que los bebés mantenidos en incubadoras tenían retrasos en sus conexiones.

Charpak llevó adelante un ambicioso estudio: valoró las condiciones neurológicas, de visión y audición a un grupo de 480 niños que fueron los primeros bebés de la Fundación, los que entraron hace veinte años. Su hipótesis es que el cerebro está mejor mientras más se cargue al niño. Y esto aplica incluso para los bebés nacidos en el tiempo correcto:

—Mi deseo es que todos los bebés sean cargados así. Un bebé que nace a término también tiene un trauma y una regulació ntérmica no ideal. Para ellos es muy positivo cargarlos en posición canguro durante los primeros días.

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Mientras lidiaba con sentimientos contradictorios (alegría, tristeza, miedo, esperanza), amigos y familiares me felicitaban. Y claro, querían saber lo de siempre: ¿Cuánto pesó? ¿Cuánto midió? Para luego decir: “¿Ay, tan pequeñito?”; “¿Se adelantó bastante, ¿no?”; “Le compré una ropita de muñeco”. Se sienten comprensivos e intentan darte ánimo: te cuentan que el hijo o el primo de fulano también fue prematuro. Pero no piensan que eso es lo último que quieres oír. La psicóloga Martha Cristo sabe de estos casos:

—La gente cree que eso ayuda y lo hace con buena intención, pero es porque ignora cómo es un niño prematuro. Esos comentarios no ayudan, porque te confrontan con la realidad y te hacen sentir como si ese hijo fuera diferente a los hijos de otros. Sí, es un poco más frágil, pero no es anormal: es solo prematuro.

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En los últimos veinte años la tasa mundial de bebés prematuros ha ido en ascenso. Las razones se atribuyen al aumento de la edad de la madre, a algunas enfermedades de la mujer gestante, como diabetes y presión arterial alta, y al uso frecuente de tratamientos de fertilidad que casi siempre resultan en embarazos múltiples.

La supervivencia de estos bebés está estrictamente ligada al país de nacimiento: cuanto más desarrollados son los países donde nacen, más probabilidades tienen de sobrevivir. Para la OMS, 75 por ciento de las muertes puede prevenirse con cuidados viables y económicos. El canguro es un método de intervención que no solo evita la muerte, sino que disminuye las secuelas de un desarrollo no adecuado. Hoy, en Colombia, la mortalidad en bebés prematuros o de bajo peso es solo del 0,8 por ciento.

—Es la única intervención que conozco —explica Charpak— que tiene solo beneficios. Ganan todos: el niño, la madre y la sociedad, al tener niños en mejor estado. Y gana el hospital, queahorra costos y libera sus incubadoras para niños más críticos.

La implementación del programa en los centros de salud no requiere ninguna inversión extraordinaria, más allá de la capacitación del personal. El método abarca además la atención y el seguimiento del niño hasta que cumple año y medio. La vigilanciade su evolución por parte de un equipo multidisciplinario garantiza la disminución de los riesgos propios de la prematurez. Sin este seguimiento, el método estaría incompleto. La psicóloga Cristo Borrero habla con cifras:

—El índice de retraso de desarrollo psicomotor, a nivel internacional, ocurre en el 20 por ciento de los niños, y acá lo hemos bajado al 5 por ciento, porque los niños están muy vigilados: cualquier cosa que se detecte, se interviene rápido para aprovechar la plasticidad cerebral.

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Mi bebé volvió a nacer el día que le dieron de alta. Estaba clínicamente estable, su peso era adecuado y podía alimentarse porque su succión y deglución eran correctas. Después de cargarlo por pocas horas cada día, llevarlo a casa no solo era empezar a conocerlo mejor, sino iniciar la etapa más dura del método: mi esposo y yo llevábamos al bebé encima todo el tiempo. Solo lo sacábamos de la faja para cambiarle el pañal.

Durante tres semanas nos turnamos para mantenerlo siempre en contacto con nuestra piel. Lo alimentábamos cada hora y media durante el día, y cada dos horas por la noche. Para dormir, debíamos permanecer semisentados.

La primera semana en casa lo llevamos cada día al control pediátrico del Programa. La recompensa de aquellas noches sin dormir, tan esperada, era su turno en la báscula, cuando confirmábamos que subía hasta 30 gramos cada día. Poco antes de alcanzar los 2.500 gramos, nos dijeron que podía salir de la faja. Solo en ese momento pudimos bañarlo con agua (no con paños húmedos) y vestirlo por primera vez.

Ahora, con casi cinco kilos de peso, resulta muy impresionante aquella foto que me tomé con él cuando apenas tenía pocas semanas de nacido: su brazo delgadísimo y frágil abraza mi pecho; al gorro le sobraba todavía mucha tela. Tres meses después, aquella imagen es solo un duro recuerdo. Hoy su brazo está fuerte y relleno; el gorro le queda justo. Mi hijo es un canguro robusto que no para de crecer.

Fotografías de María Gabriela Mendez.

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