Perder a alguien o algo que amamos puede sentirse como caer en una cueva oscura. En esta columna gráfica, el tanatólogo Camilo Russi propone entender el duelo como un camino para integrar la pérdida y transformar el dolor en aprendizaje.

Cuando pierdes algo que amas profundamente, el mundo que conocías parece desvanecerse. Como si el suelo se abriera bajo tus pies y cayeras en una cueva oscura llamada duelo.

Quisieras huir, pero en esta cueva no existen salidas rápidas, solo caminos por transitar. Por eso, lo más sano es caminar el duelo desde la paz y la aceptación.

La aceptación aparece como una luz que, al encenderse, te permite ver con claridad.

Te das cuenta de que el duelo no es para ser fuerte ni para superarlo, sino para integrarlo a tu vida.

Para caminar por este terreno, necesitas equipo: unas botas fuertes, que son el cuidado de tu cuerpo, y un casco, la validación de tus emociones. Para que puedas sentir sin censura alguna.

Reconoces en otros la misma situación. Entonces el duelo no es un lugar de aislamiento, sino de acompañamiento para fortalecernos.

Empiezas a ver el duelo como un proceso natural de adaptación al cambio que trajo esa pérdida.

Aprendes a vivir con la ausencia, hasta que el recuerdo deja de generar dolor, y se convierte en una parte armónica de tu historia.

Con el tiempo, la cueva que antes te aterraba se vuelve un lugar de sabiduría. Entiendes que la muerte no es un verdugo, sino una maestra que te enseña a vivir con mayor intensidad y presencia.




Dejar un comentario