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Las Frailejonas del Sumapaz

Fotografía
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Nueve mujeres campesinas encontraron en el teatro una manera de compartir su conocimiento y con ello aportar a la conservación de uno de los ecosistemas más valiosos del mundo: los páramos.

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Primer acto: las protagonistas

El escenario principal es frío y neblinoso. Alrededor, montañas tapizadas con plantas cubiertas de vellitos que han debido aprender a sobrevivir en condiciones hostiles. Una mirla vuela sobre ocho mujeres que, fatigadas, intentan inhalar el oxígeno que consiguen a más de 3.600 metros sobre el nivel del mar. El sol se rinde. La lluvia, sigilosa, juega.

“Yo me llamo Rosalba Rojas Torres, tengo 68 años, vivo en la localidad 20, Sumapaz, corregimiento Nazareth, vereda Taquecitos, que es aquí donde estamos”. En esa otra parte que también es el distrito capital de Bogotá.

Rosalba lidera un grupo de teatro. Las otras siete mujeres que ahora están regadas por el escenario son sus compañeras. Todas viven aquí, en el páramo de Sumapaz. Se llaman Las Frailejonas, porque así como esas plantas recogen entre sus hojas el agua con que luego se hace la aguapanela, estas mujeres guardan las costumbres campesinas y esparcen con sus obras un mensaje de trabajo por la conservación del páramo. 

Las frailejonas del Sumapaz

*Yaneth hilando la lana de Doña Encarnación.

Comenzaron hace 16 años, cuando Fanny Torres, la primera edilesa de la localidad, quiso cambiar las condiciones de las mujeres del Sumapaz: vivían en dependencia económica y eran maltratadas por sus esposos. Fanny quería que fueran independientes económicamente, activas, organizadas, dueñas de su destino. Por eso las impulsó a crear proyectos artísticos.

Desde que era una niña, Rosalba quiso hacer teatro, y le propuso a sus 25 compañeras del comité de las veredas Santa Rosa y Taquecitos ese camino artístico. Doce de ellas aceptaron, y comenzaron a recibir clases que Rosalba guardó en lo profundo de su memoria para luego escribir sus obras.

Como el campo apremia, de las 12 solo permanecieron cinco, a quienes luego se unieron tres más y una bebé. Hoy Las Frailejonas son nueve, que interpretan las obras creadas entre todas, “inspiradas en lo que hay acá y en los derechos de las mujeres”, dice Rosalba mientras la lluvia cae sobre el sombrero que tejió con bolsas plásticas.

La frailejonas del Sumapaz

*Rosalba acompañada de Martha y Deisy muestra el cuaderno donde escribe las obras de teatro, cuentos y coplas que luego todas interpretan.

Segundo acto: el cuidado del páramo

Hilando lana en una casa vieja está doña Encarnación cuando ve llegar a Felicita preocupada. Bárbara, que trabaja para una constructora, quiere comprar terrenos en el páramo para edificar. Entre esos, la casa de Felicita. 

Doña Encarnación le prepara una aromática. Le dice: “No se preocupe que el espíritu del páramo tiene bondad, amor y nos va a ayudar. La naturaleza tiene alma propia pero jamás ha podido ser escuchada, mucho menos por los seres humanos”. Y le indica: “en lo profundo de este lugar hay un camino rodeado de hermosos rodamontes, romeros y chilcos que va al hogar del último frailejón, que reposa en profunda calma, en el hogar de una hermosa y pequeña laguna”.

Rosalba interpreta a doña Encarnación; Yaneth Gutiérrez, de 58 años, es Felicita; y Sandra Suárez, de 44, es Bárbara.

Las frailejonas del Sumapaz

*Sandra Suárez sosteniendo una artesanía realizada por el esposo de Rosalba Rojas.

“Yo soy el espíritu del páramo” —anuncia Martha Cabrera, de 45 años—, “y le digo a doña Yaneth: ‘Este páramo es el más grande del mundo y toca protegerlo porque si no, no hay vida para nosotros’”. 

Lo dice para quien quiera escuchar.

Felicita atiende las palabras del espíritu del páramo, vuelve al pueblo y encuentra a los demás habitantes en medio de una trifulca. Bárbara les ha ofrecido comprar sus viviendas y darles un apartamento en Bogotá. 

“Yo soy una persona campesina y estamos en desacuerdo de que vengan a hacer la construcción. Van a afectar la naturaleza y no queremos ir a Bogotá a hacer cosas que no nos gustan”, cuenta en la voz de su personaje Daniela Rojas, de 23 años. Aunque también habla de lo que en realidad siente.

“Yo soy la dueña de la constructora —interviene Sandra—, y al final ellas me hacen caer en cuenta de que este es el páramo más grande del mundo y digo ‘sí, tenemos es que cuidarlo’”.

Doña Encarnación y el último frailejón es la obra más significativa para Las Frailejonas. La han presentado en Bogotá, en Cubarral (Meta) y en la Laguna de Chisacá, en Sumapaz, cuando se firmó el Pacto por la protección del Páramo de Sumapaz en febrero de 2020. “Le enseña a uno que desde joven tiene que saber la importancia que tiene el páramo, que gracias al páramo y los campesinos que lo cuidan tenemos alimentación”, dice Valeri Romero, de 12 años. 

Tercer acto: Los derechos de las mujeres

Las frailejonas del Sumapaz

*Roseta de frailejón.

Aguapanela caliente en mano para alejar el frío, las ocho mujeres se refugian de la lluvia que se tornó implacable en un segundo. Están en la casa de Rosalba, que va hasta la habitación y vuelve. Abre una libreta y señala la última obra que escribió. Se titula Historias campesinas para reflexionar. Pasa la página y lee otro encabezado: “Machismo” y dice: “Yo abandero la lucha por los derechos de las mujeres, por las experiencias que he vivido”.

Con los talleres de artes escénicas también recibieron charlas sobre derechos de las mujeres. Quizá sería esa, realmente, la intención de la entonces edilesa Fanny Torres. “En los talleres nos decían que las mujeres no solo están para lavar la ropa del esposo y cocinar. ‘Ustedes tienen unos derechos’, nos decían. Y nosotras: ¿Derechos? De pronto sí, porque uno vive ahí criando los hijos y cocinando”, declara Rosalba y cuenta que tienen una obra que habla del tema:

Las mujeres están reunidas y llega un hombre:

—Hm, ustedes qué hacen ahí chismoseando. Con razón que vi a mi amigo ordeñando las vacas.

—No, no estamos chismosiando —responde una de ellas—. Y más bien deje venir a su esposa, que esto es bueno. 

—Qué va, mi esposa sí está en la casa como una gran señora. No como ustedes que están es hablando de lo que no les interesa… 

Es ficción aunque no lo sea. En su comunidad, Las Frailejonas no han sido tan bien recibidas como fuera. “Nos dicen viejas sin oficio, que vamos a quitarle el marido a otras, que no tenemos nada que hacer en la casa”, cuenta Yaneth. 

A pesar de ello siguen: “a mí me ha servido mucho el teatro. De niña me gustaba hacer presentaciones, pero no había tenido la oportunidad. Era muy tímida. Con esto se expresa uno, sale uno, cambia de actividad, conoce gente y se siente uno orgulloso”, continúa Yaneth. 

“Mi suegra me cuestionaba por poner a mis hijos a lavar la loza. Que mis hijas eran quienes debían estar ahí. Pero yo, en cambio, les decía: ‘mamitas, si le quieren lavar la ropa a sus hermanos, está bien, pero cóbrenles’”, cuenta divertida Rosalba. 

Cuarto acto: El orgullo campesino

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*Martha Cabrera interpretando al espíritu del páramo, personaje de la obra Doña encarnación y el último frailejón.

Sentada en un sofá a la entrada de su casa, Rosalba canta el himno de Sumapaz. Cuenta que fue compuesto por una mujer. 

Bellos cerros cubiertos de neblina

de sus aguas brota manantial.

Como perlas brillan sus lagunas.

Flores frescas que adornan Bogotá

—Me gusta muchísimo ese himno porque nos deja un mensaje. Con nuestras obras también dejamos un mensaje, por el cuidado del páramo y de nuestro planeta. 

Con la paciencia del que sabe cosechar

El paso firme del valiente campesino 

Nos enseña que en la vida hay que luchar.

Rosalba nació en Cocuy (Boyacá) y a los 11 años llegó a Sumapaz: “Yo soy paramuna de verdad y orgullosa campesina. Me siento bien acá y me daría tristeza tener que irme para Bogotá. Por eso es mi lucha”.

 - Este artículo hace parte de la edición 188 de nuestra revista impresa. Encuéntrela completa aquí.