La importancia de las emociones negativas

Por: / Ilustración: José Rosero / Abril 2019

Intente imaginar por un momento que no existiera la ira, la culpa o la tristeza. ¿Cree que viviríamos en un mundo perfecto? El autor de estas líneas, y con él la psicología evolutiva, dicen que no, que sería todo lo contrario.

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vivimos en una sociedad obsesionada con tratar de evitarlas emociones negativas. Los cursos de autosuperación enseñan, la mayoría de ellos, que esas emociones no nos definen. Sus participantes, basados en teorías psicológicas a las que pronto les celebraremos medio siglo, deben repetirse al infinito que no se dejarán guiar por el temor, la ira, la tristeza o el repudio.

Claro, dirá el lector, acaso no hay nada más importante que evitar esas emociones que son, valga la redundancia, “negativas”. Pero supongamos por un momento que las cosas no sontan sencillas; supongamos que ese torbellino interno que a veces nos llega y que no dominamos está allí por algún motivo. Supongamos que al igual que la tos o las alergias, aunque desagradables, nuestras emociones nos disponen a algo, tienen una función, e ignorarlas es tan insensato como hacer caso omiso de una sirena contra incendios…

Justamente esta posición es la que asume la psicología más reciente, que entiende que nuestro sistema emocional es un mecanismo natural que fue creado por las mismas leyes que le dieron origen al cuerpo: la selección natural. En efecto, como la fiebre o el dolor, las emociones negativas desempeñan una funciónen nuestra vida; son programas que alertan sobre el hecho de que algo no va bien. No es difícil advertir para qué le servían a nuestros antepasados hace cuarenta mil años y para qué siguen sirviendo hoy. El miedo nos pone ante la evidencia del peligro, nos obliga a reconocerlo y nos impulsa a huir. La ira suele ser una reacción propiciada por la violación de normas o acuerdos; su función es impedir futuras violaciones. La tristeza, a menudo originada por la pérdida de alguien o algo preciado, invita a hacer un alto hasta que hayamos logrado resolver la pérdida, o aceptarla.

Imagine el lector, si acaso no le he pedido ya suficiente que haga este ejercicio, un mundo donde la culpa, por ejemplo, la ominosa ansiedad que causa el sentimiento de una acción mal llevada que hubiéramos podido evitar, no existiera. No llegaría el momento de disculparnos porque no llegaríamos al punto con citar el perdón. Probablemente no cesarían las acciones lesivas porque no hay ninguna fuerza interior que contrarreste los impulsos que nos llevaron por el camino de la ofensa.

En su famosa novela Un mundo feliz, Aldous Huxley imaginaba una sociedad en la cual las emociones negativas habían sido eliminadas de tajo. La felicidad proveniente de las conquistas arduamente ganadas a menudo a punta de sufrimiento, habían sido sustituidas por una mueca inane de alegría que los personajes de Huxley parecían no poderse borrar de la cara, un rictus alimentado por la embrutecedora Soma, la droga de la felicidad sin esfuerzo. Imagine cómo sería el arte, la ciencia, cualquier empresa humana en un mundo así, una aburrida postal de Hallmark sin profundidad ni facetas. Imagine un Van Gogh sin tormento interior, un Neruda con todos sus amores resueltos, a Kurt Cobain, el lúgubre cantante de Nirvana, peinado, de corbata y echando chistes. Qué insufrible letanía sería el mundo.

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Imagine un Van Gogh sin tormento interior, un Neruda con todos los amores resueltos, a Kurt Cobain, el lúgubre cantante de Nirvana, peinado, de corbata y echando chistes. Qué insufrible letanía sería el mundo”.

La actividad humana involucra procesos complejos en todos los campos; hemos aprendido que la tristeza y el dolor, al igual que la alegría y el deleite, son parte de la receta que concita sus fuerzas creativas. No se lleven mis demonios porque también se llevan mis ángeles, pedía el filósofo del siglo XVII Baruch de Spinoza, alegando que los intentos de eliminar el mal del mundo no sólo eran ridículos sino indeseables. Fue un beisbolista de los años cuarenta en Estados Unidos, Yogi Berra, quien resumió el asunto con una inteligencia conmovedora: si el mundo fuera perfecto, no lo sería.

Pero entiéndase bien la posición de la psicología evolutiva. No defiende el vivir asolados por el óxido de la vida interior, por sus bajos fondos. No todo lo que produce la evolución, por ser natural, es deseable o siquiera soportable; sólo que al igual que el dolor, la tos o las alergias, los estados internos que llamamos negativos no deben ser ignorados.

De hecho, reconocerlos es el primer paso para mantenerlos a raya. El problema con estas emociones es que —al igual que una molesta alarma de automóvil— a menudo se encienden sin razón y no se apagan fácilmente; en el camino evolutivo tenía sentido que el temor, por ejemplo, se disparara ante la más mínima sospecha y persistiera más allá de la amenaza inminente. En el mundo de nuestros antepasados, asolados por mil adversidades, llevaban la ventaja los que salían huyendo de su propia sombra y seguían horrorizados luego de que el predador que los quería engullir había desistido en su persecución.

La evolución nos ha hecho propensos al influjo de estos impulsos y parece no haberlos limitado hacia arriba muy meticulosamente. Por eso es imposible sobreestimar la importancia de la lucha contra el entregarse al regodeo mórbido con esas emociones. Todos sabemos que hay quienes tienen por costumbre describirse permanentemente como padeciendo la más lamentable de las depresiones, quienes se permiten sentir ansiedad desbordante por la losa no lavada o ira asesina por la paloma que defeca en su panorámico. Qué difícil es la vida con una alarma encendida.

Hoy, a pesar de vivir en un medio en que por lejos operan menos amenazas persistentes como un león que nos persigue, prevalecen las mismas pulsiones primarias. Por ello, en medio de la noche las angustias nos despiertan y podemos cavilar por horas, le tememos a los muertos, los niños ven caras que los observan desde la oscuridad de su armario, la vergüenza del ridículo se queda con nosotros por días como si viviéramos en pequeños grupos de cazadores-recolectores, ignorando que nuestros conglomerados sociales son más fluidos y flexibles.

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La actividad humana involucra procesos complejos en todos los campos; hemos aprendido que la tristeza y el dolor, al igual que la alegría y el deleite, son parte de la receta que concita sus fuerzas creativas.”.

Konrad Lorenz, el famoso naturalista, solía afirmar que lo propio de nuestra especie es tomar capacidades que originalmente fueron dadas para el dominio de la naturaleza y hacer que funcionen en el vacío: comemos sin hambre, hacemos el amor incluso en relaciones infértiles y encerrados en nuestras casa podemos tener ataques de ansiedad que duran años.

El psicólogo inglés Daniel Nettle ha escrito in extenso sobre este enfoque y las terapias surgidas a la luz de estos desarrollos. Parten de la base de que las emociones negativas son tan parte nuestra como la esquiva felicidad. Pero también reconocen que la selección natural nos ha provisto de una mente con múltiples niveles en los que los programas relativamente automáticos de la emoción pueden moderarse reconociendo información sobre el contexto, aplicando un mínimo de lógica a nuestras vidas y planificando. Prever situaciones que me darán temor, me despertarán ira o me bajarán el ánimo, y prepararme para ellas hasta donde sea posible, es de gran utilidad.

Por mi parte, hay una recomendación para no dejarse abrumar por los sentimientos negativos que intento poner en práctica a diario. La daba el premio nobel Bertrand Russell, y la sabían los antiguos estoicos hace más de dos mil años: pensar menos en sí mismo y en la propia oscuridad interior. Como quien dice, aprender a voltear la página.

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