Buscar colegio, una tarea extenuante

Por: / Ilustración: Elizabeth Builes / Julio 2017

No se trata de encontrar el mejor colegio sino el que se adapte a la naciente personalidad del niño. Al menos eso opina Karl Troller en estas recomendaciones que comparte según su reciente experiencia.

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“Si la educación te parece costosa, ensaya la ignorancia”. El día que leí esta frase en una calcomanía pegada en la parte trasera de un carro, me pareció genial. Pero nunca pensé que la tendría muy presente cada vez que firmo el cheque de la pensión del kínder de mi hija y empiezo a hacer cuentas de los veinte años que aún me faltan para sacar a mis dos hijos adelante. Los números no me dan. Entonces me pregunto si no sería interesante ensayar la ignorancia. Y lo digo no solamente por el bolsillo, que duele, sino porque cada vez más la educación tradicional parecería estar en entredicho. Así que ¿para qué invertir en algo que no se sabe cuánto va a servir realmente? Pero claro, no se sabe y mientras eso se comprueba pueden pasar algunos años. Justamente los que me figura tener que consignar en las arcas de la pedagogía Hay que escoger colegio para la niña. Y por lo tanto, llegó la hora de empezar a poner en una balanza cuáles son los pros y los contras de cada plantel educativo. Sopesar todas las variantes que existen para ver cuál es el colegio ideal para ella. Porque no se trata de escoger el mejor colegio del mundo, que ya de por sí es difícil. Sino identificar el colegio que mejor se adapte a su naciente personalidad, a sus incipientes pero ya definidas aptitudes y destrezas. Lo que lo hace mucho más complicado.

Por eso la primera consideración para tener en cuenta, una vez descartada la idea de educar a los hijos en la casa siendo uno el propio maestro, es el colegio de donde se graduaron los papás. Nada más hermoso que ver a los hijos seguir los pasos de los padres. Una tradición que se perpetúa de generación en generación y que se lleva con orgullo. En ese panorama ideal, es fundamental, no obstante, que a los papás no los hayan echado de varios colegios y hayan terminado validando por ventanilla en el tercer piso de un edificio en el centro de la ciudad. Porque en estos casos lo único que queda es el recuerdo de un reguero de amigos con los que se capaba clase y se volaba uno del colegio a fumar o jugar billar. Que aquí entre nos, son los mejores recuerdos de la vida. Pero no sirven a la hora de escoger colegio.

Hablando de tradición, otro de los factores para tener en cuenta en el momento de inclinarse por un colegio, es si se prefieren los valores tradicionales que recalcan los colegios clásicos o si es mejor irse por la modernidad, la diversidad y la pluralidad que imparten los nuevos. En una sociedad cambiante, no es claro si es mejor que el niño o la niña se apeguen y crezcan dentro de un sistema educativo que preserve las enseñanzas del pasado, aquellas que son los pilares de nuestra cultura, con la que crecimos y la que nos ha dado los preceptos con los que hemos podido afrontar el complicado mundo que nos ha tocado hoy. O por el contrario, que aprenda a que el mundo es cambiante, variable, que el porvenir es incierto y que hay que adaptarse a los nuevos retos, dejar a un lado el pasado y entrar de lleno al futuro para no quedar rezagado en una sociedad cada vez más competitiva. Para ponerlo en términos prácticos, si prefiere que su hijo estudie en un colegio que tenga nombre de santo o santa, que sea un liceo o un gimnasio y del cual se haya graduado alguien que usted conozca que tenga más de 60 años. O por el contrario, que el colegio tenga nombre de árbol, de finca o de campo de verano.

COLEGIO

Y con esto entramos a otra variable para tener en cuenta. Y es la cercanía del colegio a la casa. Si usted vive en la ciudad, lo ideal es que el colegio quede preferiblemente a una distancia en la que sea posible llevar al hijo a pie, en bicicleta, o que si tiene que coger Uber no lo arruine la tarifa dinámica de las mañanas. No es recomendable que el niño, si es de ruta duerma más de 45 minutos dentro del bus para llegar al colegio y otros 45 para volver a casa. Esto sin contar la muy recurrente situación en que el niño olvida el uniforme de gimnasia, la lonchera o la tarea y hay que ir a llevárselos. Si el colegio queda en el campo, como suelen estar ubicados la mayoría de los colegios no tradicionales, sencillamente prepárese para cancelar todas las actividades del resto del día y tener a mano una que otra carta de incapacidad firmada por un médico amigo. Pero ojo, debido al caos que viven las ciudades modernas, muchas personas se han ido a vivir a las afueras del perímetro urbano. Y en este caso, es probable que el colegio de su hijo sea la finca de al lado, para lo cual solo tendrá que saltar la cerca.

Hoy en día tener un segundo idioma es fundamental. Y hasta un tercer idioma. Por eso los colegios bilingües son los favoritos de muchos papás. El inglés es, por encima de los demás, el idioma más apetecido. Y muchos padres ansiosos de que sus hijos se defiendan en la vida terminan optando por instituciones educativas con falsos pergaminos y acreditaciones en ese sentido, haciéndose llamar, para atrapar incautos, El Nuevo Zelandés, Reina Elizabeth Segunda o el Jimmy Carter. Uno ve cómo los inscriben en escuelas donde aprenderán francés, alemán y mandarín, así no haya en la casa nadie capacitado para ayudarles a hacer una sola tarea. Y en muchos casos los niños terminan aprendiendo mucha jeringonza y poco español. Basta ver cómo se revuelca Cervantes en su tumba cada vez que lee un chat (perdón, una conversación) de estos millennials.

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Es importante remitirse a los ex alumnos. Porque todos los colegios prometen maravillas, pero solo quienes han egresado de esos planteles pueden hablar con conocimiento de causa.


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Es importante saber si su hijo es pilo o es vago. Es decir, si está preparado para enfrentar situaciones de mucha presión y responsabilidad o no. Lo cual es difícil saber cuando solo cuenta con cuatro años de edad y las únicas situaciones de estrés a las que ha estado expuesto es cuando usted lo obliga a sentarse derecho, recoger los juguetes y acostarse temprano. Pero es determinante saberlo, porque eso definirá si es más conveniente matricular a su hijo en un colegio más bien laxo, relajado, donde la interacción social es fundamental para el libre desarrollo de la personalidad, donde las materias no son obligatorias, donde las actividades artísticas son tan importantes como las científicas, donde los profesores dan clases al aire libre y no hay uniforme. Porque si su hijo no funciona bien bajo presión, es soñador —es decir, medio vago— y usted escoge un colegio estricto, exigente académicamente, donde no le quede tiempo de ir a fiestas, fumar marihuana o perder el tiempo en las redes sociales, es muy probable que si no se aburre pronto, lo terminen echando. Y ahí tendrá que empezar el proceso de selección de colegios nuevamente, aunque esta vez, con menos exigencias. Básicamente manejará una sola variable: donde se lo reciban.

Y finalmente, cuando se piensa en el futuro de sus hijos, es importante remitirse a los ex alumnos del colegio. Porque todos los colegios prometen maravillas, pero solo quienes han egresado de esos planteles pueden hablar con conocimiento. ¿En qué universidades pasan? ¿Qué tantos se van a estudiar al exterior? ¿En qué áreas trabajan? ¿Cuáles son los ex alumnos más famosos? En mi caso, tuvimos que enfrentarnos a una realidad de a puño. De mi colegio se habían graduado Roberto Soto Prieto, el del robo de los 13,5 millones dólares al Chase Manhattan Bank, y Simón Trinidad, el comandante de las Farc condenado a 60 años en una prisión de Estados Unidos. Del de mi esposa, lo más granado del Carrusel de la Contratación de Bogotá.

En resumen, no fue fácil escoger el colegio para nuestra hija. Estuvimos a punto de decidirlo por cara y sello. Pero después de mucho pensar, hacer muchas listas con los pros y los contras, pasar por el desgaste de varias entrevistas, hablar con parientes y amigos para pedirles consejo y cartas de recomendación, echarle números al precio de la matrícula y las posibilidades de financiación, estudiar la relación costo-beneficio, sopesar la relación entre número de profesores y de alumnos y ver el número de alumnos por clase, finalmente escogimos el colegio. Era el mismo colegio que, desde el principio, incluso antes de que naciera nuestra hija, ya había escogido mi esposa.

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