Cuento de amor con perros guía

Por: / Ilustración: Super User / Mayo 2017

Las personas ciegas o con visión reducida y los perros lazarillos desarrollan un vínculo mutuo de respeto, afecto y consideración que los convierte a ambos en una unidad funcional. Esta historia lo demuestra.

Cupido

Desde que era cachorra, Celia, una labrador negra, demostró cualidades especiales que eran indispensables para que pudiera cumplir con el trabajo de perro guía. Destacaban en su carácter la iniciativa para resolver situaciones, persistencia, alta responsabilidad, deseos de agradar, habilidad para cumplir instrucciones y un desarrollado instinto de preservación y protección.

El entrenamiento de Celia para convertirse en lazarillo duró dos años. Una vez terminado, en octubre de 2005, Celia conoció a Luisa. Entre las dos se estableció una relación de gran compenetración durante las cuatro semanas que tuvieron de acoplamiento. Después de este tiempo, Celia se convirtió en los ojos de Luisa, en su cuidadora y su compañera.

Celia fue la excusa y la alcahueta.

La princesa

Luisa Moreno es una mujer de 29 años. A los 11 padeció una enfermedad dermatológica llamada rosácea severa, que le ocasionó lesiones oculares graves por las cuales perdió la visión completamente cuando llegó a la pubertad. Durante ocho años se sometió a seis trasplantes para sustituir las córneas que habían dejado de cumplir su trabajo, y dos veces logró recuperar el sentido de la vista, pero sólo por un mes en cada oportunidad.

Después de cada cirugía fueron insoportables los dolores de cabeza, el ardor en los ojos, el temor a la anestesia. Pero nada tan fuerte como la frustración que le generaba perder la visión a los pocos días. Otra vez las imágenes borrosas, otra vez la ausencia de luz. En eso se le fue la adolescencia, de tratamiento en tratamiento. Así que a los 19 años le manifestó a sus padres la decisión de no intentarlo más. No estaba dispuesta a perder la vida, además de la visión.

En el Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos (CRAC), que es una institución privada dedicada a la capacitación de invidentes para el desempeño ocupacional y la inclusión social, Luisa comenzó su proceso de reeducación para aprender a desenvolverse en ambientes laborales y de estudio con su condición de ceguera. Estando allí se postuló para ser beneficiaria en la adjudicación de un perro guía en la Fundación Vishnú del Ciprés. A los seis meses le entregaron a Celia. Así empezó esta historia de amor.

El príncipe

Andrés Mauricio Vásquez tiene 37 años de edad y es ciego desde que tenía 27, cuando una caja muy pesada le cayó en la cabeza y le desprendió las retinas. En ese entonces trabajaba en operaciones logísticas en una empresa y ya había sido diagnosticado con diabetes. Se sometió a 12 intervenciones quirúrgicas en el ojo izquierdo y 11 en el ojo derecho, pero todas las veces fue afectado por una retinopatía proliferativa, derivada de la diabetes, que le producía repetitivos desprendimientos de la retina. Un día decidió dejar de luchar contra su ceguera.

Por recomendación de la Fundación para la Diabetes llegó a Vishnú del Ciprés, y en la sala de espera conoció a Celia, la labrador negra que acompañaba a Luisa. Atraído por la voz de la mujer, y con la excusa de acariciar a la perra, comenzó un romance que años más tarde llevaría a Luisa y a Andrés al matrimonio. 

La protectora

Sinaí fue el lazarillo de año y medio que le asignaron a Andrés Mauricio para que lo guiara. Pero después de cuatro años el perro murió como consecuencia de una leucemia. La tristeza que sintió fue tan profunda que él la compara con la pérdida de un hijo.

—Perder a mi perra guía fue como volver a quedarme ciego. Ya teníamos una sincronización perfecta, conocíamos nuestros gustos, las rutas, los horarios de nuestras rutinas. Y un día me quedé sin la libertad que ella me proveía —dice Andrés Mauricio.

Luisa agrega: —Nuestras perras guía representan la posibilidad de ser independientes, de ir a donde sea que queremos sin esperar que alguien de la familia o un amigo esté dispuesto a dejar de hacer sus cosas para acompañarnos. Son nuestros ojos de cuatro patas. Y ese servicio incondicional que nos prestan solo puede retribuirse con amor, aunque nos quedamos cortos. Ellas viven para uno y aunque uno las consienta, nunca seremos capaces de retribuir la entrega que demuestran. Perder a Celia fue peor que quedar ciega —remata. Luego cuenta que su labrador negra murió a los ocho años a causa de un linfoma de ganglio. 

La escuela

La Fundación Vishnú del Ciprés es una organización privada sin fines de lucro ubicada en Suba-Cota. Fue concebida por su presidente, Pedro Jaramillo, para mejorar la calidad de vida de las personas con discapacidad visual. Para ello ofrecen gratuitamente perros lazarillos, siempre hembras, para que les regresen la independencia a sus amos ciegos. Los beneficiarios deben ser mayores de 18 años, amar a los animales y disponer de un espacio para tenerlos.

Juan Carlos Guerrero es el director técnico de la fundación, y cuenta que en estos momentos tienen 30 perros en entrenamiento. Cada año entregan 16 animales. Y en promedio, la espera por un perro entrenado es de seis meses. Al asignárseles un lazarillo, los amos pasan cuatro semanas en el centro de entrenamiento, para acoplarse con su perro, y cuatro días con el entrenador en casa.

—Cada persona tiene sus necesidades dependiendo de sus rutinas y sus costumbres. Y también los perros tienen sus particularidades. Ellos no son sólo instrumentos de movilidad, también son compañeros que les proveen seguridad a sus amos invidentes, les devuelven la confianza en sí mismos y los divierten —explica Guerrero.

Sólo trabajan con lazarillos hembras para no poner en riesgo a los dueños, puesto que no se puede luchar contra el instinto de un perro macho cuando se encuentra en la calle con una perra en celo. 

La historia de amor

Luisa y Andrés Mauricio aprendieron a vivir sin ver, y en ese proceso se comprometieron sentimentalmente. Celia y Sinaí se hicieron muy buenas amigas en casa, pero cuando les ponían el arnés asumían la actitud de protección que requerían sus amos, y la cosa se ponía seria. No obstante, la convivencia de los cuatro fue armónica.

Un día Celia y Sinaí dejaron de estar, y el mundo pareció venírsele encima a sus dueños. Pero recurrieron de nuevo a la fundación que tanto les había ayudado en el pasado, y les asignaron dos nuevos perros guía: Asahi y Sayumi, una golden retriver y una labrador, que también cumplen a cabalidad la misión que se les ha encomendado.

Celia y Sinaí, primero, y luego Asahi y Sayumi, les devolvieron la libertad a sus amos, y ellos a punta de fuerza de voluntad y convicción recondujeron sus vidas, convirtiéndose nuevamente en personas productivas, promotoras de cambios sociales y de guianza para sus semejantes. Y lo más importante para ellos, independientes. Hoy en día Luisa es una artista en el manejo de su teléfono inteligente y del computador. Se ha capacitado en el CRAC y en el Sena para desarrollar habilidades acordes con su diferencia funcional, y forma parte del equipo de trabajo de la editorial del Instituto Nacional para Ciegos (INCI). Andrés Mauricio, por su parte, se tituló como abogado en la Corporación Universitaria de Ciencia y Desarrollo (Uniciencia) en Bogotá, es investigador académico del Instituto de Altos Estudios de Integración del Parlamento Andino y estudiante de la maestría en Derecho Constitucional en la Universidad Javeriana.

La jubilación de Asahi y Sayumi como perros guías llegará cuando sus capacidades funcionales empiecen a disminuir, regularmente entre los ocho y los diez años de edad. Al llegar ese momento se quedarán como mascotas de sus amos. Por ahora, los cuatro viven en una casa muy acogedora donde todo está bien dispuesto, arreglado y pulcro. En la dinámica familiar cada uno cumple un papel importante para el desenvolvimiento del otro. Son un equipo. 

El final feliz

Para que este cuento tenga final feliz es necesario que la ciudadanía en general desarrolle la conciencia de que los perros que acompañan a las personas ciegas realizan un trabajo delicado y exigente, están entrenados para eso, y no agreden a nadie a menos que sientan que ese alguien representa un peligro para su amo. Distraerlo, acariciarlo o darle comida puede atentar contra la seguridad del dueño. Afortunadamente, la legislación colombiana, a partir de 2001, se ha adecuado a las necesidades de las personas con discapacidad visual, y es explícita la obligatoriedad que tienen los funcionarios, conductores de transporte público y la empresa privada de permitir el acceso de los perros guía a cualquier lugar. Así, el único sitio donde los lazarillos no pueden acompañar a sus amos es al quirófano. Fin.



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