Tengo transtorno bipolar

Por: / Fotografía : Jorge Andrade Blanco / Enero 2017

Una esposa, madre y profesional del periodismo cuenta su experiencia con una enfermedad poco conocida y muy estigmatizada.

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Tengo trastorno bipolar. Durante años escondí esta parte de mi vida porque suponía que si la hacía pública aumentaban mis posibilidades de ser despedida del trabajo, de que la gente dejara de confiar en mis decisiones y de que mis relaciones personales se complicaran.

Pero hace unos días conté mi experiencia en el libro Mi bipolaridad y sus maremotos, publicado en Colombia por editorial Planeta. Ahora que me han entrevistado en distintos medios a propósito del libro son muchos los enfermos que me han contactado para darme las gracias por hablar abiertamente del tema, para contarme que ellos también han sentido miedo de revelar que tienen un trastorno bipolar. Otros me han escrito en las redes sociales porque leer el libro les ha ayudado a entender qué les sucede; también les ha brindado herramientas y les ha dado una luz en el camino.

Mi libro no es de autoayuda. Es el testimonio de una persona que ha logrado ser funcional: trabajar, producir, ser madre y esposa gracias a que he contado con atención médica, con una familia que me ha dado un abrigo emocional y amoroso, y porque he sido juiciosa con mis medicamentos y mis citas con el psiquiatra.

Escribí el libro para hacerle frente al estigma y para contarles a otros que quienes tenemos un trastorno bipolar sí tenemos derecho a crear, a pensar, a existir. La ignorancia al respecto es muy grande. Muchos creen, equivocadamente, que la bipolaridad es un problema de personalidad, cuando en realidad es producto de un desequilibrio químico en el cerebro que, sumado a otros factores, genera cambios de ánimo muy fuertes que van desde la depresión —que puede llevar a un intento de suicidio— hasta la euforia —que puede llevar a la manía.

Yo no he intentado suicidarme. He tenido depresiones leves, momentos en los que me he sentido muy triste, con una visión negra de la vida y con un desamor propio horrible; momentos en los que me he visto como una persona sin valor, rodeada únicamente de fracaso.No he intentado suicidarme pero sí he tocado los peligros de la locura, como llamo yo a mis estados de manía. Tengo claro que a muchos enfermos mentales no les gusta el término locura, les parece peyorativo, pero yo no encuentro otra forma más exacta para bautizar esos momentos en los que actué sin juicio y sin razón. He creído que he estado muerta, he pensado que tal vez los ángeles pueden llegar a hablar conmigo y he sentido que puedo erradicar para siempre el miedo y el fracaso en mi vida.

Muchas de estas confusiones han pasado por mi mente sin generar cambios a mi alrededor, sin afectar a otros, porque he logrado desligar mis acciones de mis pensamientos y entender que el que se enferma es mi cuerpo y no mi esencia. También he utilizado la escritura para atrapar y reconocer con la palabra todos esos cambios que aparecen en mi cuerpo cuando comienzo a sentir que la ansiedad se asoma o que las ideas se me pueden enredar. Esto me ha permitido nombrar esos cambios y reconocerlos a tiempo para evitar que crezcan y se vuelvan peligrosos.

Mi relación con la enfermedad mental comenzó con ataques de pánico, luego con un diagnóstico de depresión y después de dos estados de manía o de hipomanía (no sé cuál es el término exacto porque me los han definido de ambas formas diferentes psiquiatras), me diagnosticaron con trastorno bipolar.

 

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He utilizado la escritura para atrapar y reconocer con la palabra todos esos cambios que aparecen en mi cuerpo cuando comienzo a sentir que la ansiedad se asoma o que las ideas se me pueden enredar.

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Acepté inmediatamente mi enfermedad e inicié el tratamiento sin pelear con los medicamentos. Sé que muchos pacientes se resisten al diagnóstico y rechazan tanto al psiquiatra como las medicinas, y entonces viven una crisis tras otra. He descubierto que los prejuicios al respecto son muchos y que los mismos médicos no psiquiatras desconocen qué es el trastorno bipolar y juzgan sin saber. Yo he sido víctima de esta ignorancia. Durante el parto de mi segundo hijo, la ginecóloga que me atendía me criticaba por tener a mi lado un sobre de Xanax

—un ansiolítico— para frenar un ataque de pánico si llegaba a producirse. Otra vez llegué a urgencias por algo diferente a la bipolaridad y la médica de turno no me creía que jamás hubiera tenido una hospitalización psiquiátrica, y me insistía para que le revelara la verdad.

Por fortuna he tenido acceso a información, he podido leer y aprender. Entiendo la enfermedad y he contado con un esposo que ha sido un gran soporte. He podido también contar con buenos profesionales que me han enseñado a darle a la enfermedad la justa medida. Gracias a esto trabajo, y mis hijos no han visto a su madre en crisis. Mis ataques de locura llegaron cuando ellos eran muy pequeños, no tuvieron repercusión en sus vidas y, una vez diagnosticada la enfermedad y comenzado el tratamiento, jamás he vuelto a tener crisis profundas.

Durante muchos años no quise contarles a mis hijos que tengo trastorno bipolar. Finalmente lo hice a raíz de mi decisión de publicar el libro. También sentía mucho miedo cuando pensaba en que tal vez alguno de ellos pudiera heredar este mal, porque me han explicado los psiquiatras que el trastorno tiene un componente genético. Ahora sé que si eso llega a suceder yo no soy culpable, y que les he dejado mi libro como un testimonio para que se liberen del miedo, de la vergüenza y de la culpa que puede generar esta enfermedad. Tengo claro que muchos de estos sentimientos son producto de la poca aceptación que tienen en la sociedad las enfermedades mentales.

Hasta ahora mi proceso con el trastorno bipolar había sido íntimo y silencioso, como el de muchos otros enfermos. Tal vez por eso algunos me han calificado como valiente por contar mi historia. Yo lo agradezco, pero no creo que sea valiente. Solo sé, como lo escribo en mi libro, que “me llena de emoción saber que hoy estoy aquí, diez años después del diagnóstico de un trastorno bipolar, con una fuerza interior real, con solidez. Atrás quedó esa mujer llena de miedo por enloquecer, por deprimirse, por hablar, por vivir. Atrás quedó esa madre temerosa de hacerles daño a las personas que más ama. El gran cambio que ha producido este recorrido es que soy infinitamente libre”.

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