En vísperas de mi cirugía

Por: / Fotografía : David Estrada Larrañeta / Mayo 2019

Ante una operación de alta complejidad, el autor hace un balance de su vida. Pero sobre todo, reconoce los avances de la ciencia médica y el compromiso del personal de la salud.

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ctualmente soy una persona cuya edad me hace mayor que cualquier obispo, mayor que cualquier general de la república, mayor que cualquier magistrado de las cortes, mayor que cualquier ministro vigente y, obvio, mayor que el presidente de este descuadernado y encantador país. Toda la vida disfruté de una buena salud y de muy discretas responsabilidades. He sido un gozón de la existencia con marcadas tendencias a la bohemia y la glotonería; por lo tanto, en asuntos de disciplina mental y corporal jamás he sido (y no pretendo serlo) un buen ejemplo para las nuevas generaciones.

En cuanto a mi trajinar por la vida, aunque en muchos archivos de instituciones oficiales y corporaciones privadas aparezco como antropólogo, la verdad es que llevo más de 25 años fabricando borrachos (léase propietario de bar y restaurante), y otros tantos años de mi vida los he dedicado a caminar por el país visitando pueblos y veredas, observando plazas de mercado y destapando ollas y calderos de cocineras populares.

Aunque cumplo con las condiciones, nunca aprovecho los beneficios de ser adulto mayor, es decir, nunca hago filas preferenciales y tampoco he recibido un gesto de espontánea cortesía ante la contundencia de mis canas. Reitero: durante más de una docena de lustros de existencia jamás pisé una clínica como no fuera de visita, gracias a una sólida salud que únicamente se me deterioraba cada dos o tres años con la presencia de alguna leve gripa.

El miércoles 20 de abril de 2016 amanecí con un súbito dolor en la boca del estómago. El sábado 23 estaba entrando por Urgencias a una clínica de Medellín. El lunes 25, a las seis de la mañana, llegó a mi habitación un amable doctor quien se me presentó como cirujano especializado en vías biliares, y quien sin eufemismos me informó sobre el estado de mi salud:

—Señor Estrada: debemos practicarle una operación de manera inmediata… —y enseguida acotó: —La operación es sumamente delicada.

Conversamos algunos minutos más; recibí algunas recomendaciones que evidenciaban la contundencia de mi corto futuro existencial. Nunca en la vida olvidaré el rostro de aquel doctor, quien con absoluta franqueza me anunció la posibilidad de mi muerte en menos de 24 horas. Una vez se despidió, el ruido que hizo la puerta al cerrarse lo entendí como la señal que produce la claqueta en el set de filmación. Asumí que mis ojos eran una cámara. El escueto mobiliario de la habitación se convirtió en una escenografía surrealista, donde a cada objeto le otorgaba un significado premonitorio. Me sentía dopado, era la sensación de una embriaguez serena y reflexiva.

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Y aquí estoy: escribiendo esta crónica dos años después de esa tarde en que hice un balance de mi vida y encontré satisfacción, plenitud y agradecimiento”.

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Puse a andar el reloj de mi memoria y comencé a hacer sumas y restas con diferentes épocas de mi vida… algo así como un autoanálisis. Recordé con exactitud mi iniciación en el agnosticismo, al cual mi finada madre llamaba “enfriamiento hacia Dios”. Y aunque la situación ameritaba mamarme para proceder con absoluto acto de contrición a solicitar un milagro, la verdad es que no logré “calentarme” y seguí estoico. Durante un largo rato estuve recordando mis años de párvulo y saqué una evidente conclusión: mi infancia fue feliz. Viajé por mis años de juventud y por aquellos de la adultez, y el balance en mi memoria era pleno. Ante la historia de una humanidad mayoritariamente sufrida y atormentada por los siglos de los siglos, yo había disfrutado de una existencia privilegiada.

Una serenidad absoluta invadió mi pensamiento, y la manera como iba a morir empezó a convertirse en paliativo. Una vez más el destino me era favorable y me ofrecía una muerte privilegiada, sin dolor y sin terror. Quién lo creyera: ante el amplio espectro de posibilidades horribles y dolorosas que tiene la muerte hoy en día morir en un quirófano es una lotería que vale la pena ganar.

Y aquí estoy: escribiendo esta crónica dos años después de esa tarde en que hice un balance de mi vida y encontré satisfacción, plenitud y agradecimiento. La delicada operación estimada en cuatro horas, duró ocho. Para el común de los mortales, el que yo haya sobrevivido a tan delicada intervención es un auténtico milagro; sin embargo, mis pesquisas y reflexiones me han conducido a observar con detenimiento el avance que ha tenido la ciencia médica en Colombia, asociada a la solidaridad humana de quienes trabajan diariamente con el dolor y la enfermedad de multitud de personas, es decir, los profesionales de la salud. Como ciudadano del común he visto el caos y las escenas dantescas que se presentan en las diferentes entidades públicas prestadoras de salud. Pero lo que he vivido en mi proceso de recuperación me obliga y merece un reconocimiento.

Durante un semestre estuve en 18 sesiones de quimioterapia, con todo lo que ello implica: permanentes exámenes de laboratorio, ecografías, resonancias magnéticas y otros tantos exámenes y trámites. Eso me permitió constatar la existencia en nuestro país de un grupo humano que trabaja con absoluta pasión. Insisto: da gusto constatar cómo en Colombia existen médicos en todas las especialidades con excelentes conocimientos científicos, e instituciones con los más avanzados equipos de tecnología médica. Pero mi más especial reconocimiento y agradecimiento van dirigidos al personal que trabaja al lado de estos especialistas: las enfermeras, auxiliares, camilleros, personal administrativo, de aseo y logística, cuya dignidad y solidaridad humana en más de una ocasión me sacaron lagrimas.

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