Observa

Por: / Fotografía : Alberto González / Enero 2017

Con su testimonio, Albatros nos invita a mirar más allá de las apariencias.
A mirar con el alma.

SEPARADOR

Como todo el mundo en este mundo (porque nadie es perfecto), nací con un defecto. El asunto es que el mío todo el mundo puede verlo porque lo tengo en la cara. De pequeño, cuando me preguntaban qué tenía respondía “un lunar de carne”, pues eso era lo que los médicos me habían dicho que tenía. Era la forma de explicarle a un niño de cinco años lo que con el tiempo supe era un hemangioma cavernoso. Se trata de una malformación de carácter congénito (es decir, de nacimiento), no hereditario, y que en mi caso vincula las dos arterias carótidas que son las que llevan la sangre al cerebro, lo que ha supuesto una gran dificultad a la hora de operarlo.

Prácticamente desde la cuna he estado visitando médicos. Por supuesto, era mi madre la que me llevaba. Y me llevó hasta que a los 15 años le dije “no más”. Me habían practicado toda clase de estudios y exámenes y pruebas, y todas concluían en que la cirugía era un riesgo. La posibilidad de que muriera durante el procedimiento era del 50%. Esto era como tirar una moneda al aire y jugársela a cara y sello. Y la verdad es que no tenía ganas de jugarme la vida al azar. Mi madre aceptó mis razones y pasé un tiempo sin citas médicas, ni exámenes ni controles ni nada. Pero no iba a ser para siempre, entre otras cosas porque en la larga lista de personas que se acercan a preguntarme qué tengo en la cara nunca ha falta un médico.

“La medicina ha avanzado mucho”, me dicen. Así que he vuelto de visita otras pocas veces. Y me he hecho nuevos exámenes. Probé una terapia de esclerosis que no sólo no funcionó sino que fue algo dolorosa. Y hace unos años un especialista me dijo que la intervención para retirar el hemangioma se podía hacer sin riesgo, pero que me iba a tener que cortar el nervio facial, lo que significa  que  media  cara  quedaría  paralizada.  Y sin barba, pues además durante el procedimiento la piel se quedaría sin sangre, se “necrosaría” y tendrían que hacerme algún injerto. Dije “no,  gracias”, y fue la última vez que visité  a un médico. Hasta ahora, que debido a uno de mis hobbies, el motociclismo, conocí a un cirujano (casualmente de Colsanitas), quien me convenció de visitarlo y con quien ahora mismo estamos estudiando la posibilidad de una cirugía, al menos parcial. Ya veremos en qué termina eso.

HEMANGINOMA

El caso es que he pasado toda mi vida respondiendo a la pregunta ¿qué tienes en la cara? Un lunar de carne, digo. Un hemangioma. Un espejo. ¿Un  espejo? Sí. Un espejo. La gente ve en mí un reflejo de sus defectos o de sus virtudes. Me explico. Hay gente que sólo ve el defecto. Nada más. Son la mayoría. Los mismos que se burlan o rechazan lo que creen que no es normal, como se creen ellos. Pero también hay gente que ve otras cosas. Incluso cosas que no se ven, como el alma. Ese tipo de personas me generan una gran curiosidad. Si los primeros sólo ven el defecto y de allí no consiguen pasar, ¿qué tienen estos otros de especial que pasan por encima y ven más allá? La respuesta es sencilla: están viendo con el alma. O al menos, esto es lo que he aprendido después de tantos años. Es la misma diferencia que hay entre quienes ven el vaso medio lleno y medio vacío. Si hay gente que quiere ver el mundo en blanco y negro, allá ellos. Yo me quedo con los que ven el mundo multicolor y luminoso.

Esas personas me han enseñado a ver el mundo de una manera especial. Son mis maestros. Y gracias a ellos entendí que existen muchos mundos en este mundo. Que la vida puede ser un juego de imaginación y de creación. Que construimos nuestra propia realidad. Y la primera de esas personas que conocí fue mi madre. Es claro que para la mayoría de las mamás sus hijos son especiales, así hayan nacido repletos de defectos. Pero mi madre hizo algo más. Me enseñó a ver mi defecto no como un límite sino como una posibilidad. Me enseñó que las personas valen no por lo que tienen (un carro, una casa, un avión, una isla, o un defecto) sino por lo que no tienen (odios, culpas, envidias, egoísmos o prejuicios). Y que lo importante en la vida es tener las agallas de luchar por nuestros sueños. A ella, a mi madre, le debo en gran parte lo que soy.

Y ¿qué es lo que soy? Un hombre que todas las mañanas se levanta a luchar por sus sueños. Un esposo que todos los días inventa el amor para dárselo a su mujer en miradas, caricias o palabras. Un padre feliz y orgulloso de un par de hijos hermosos a los que enseña a ver el mundo no con los ojos sino con el alma. Un hijo, un hermano, un amigo acompañando el sueño que ellos están luchando. Un escritor construyendo infinitas realidades. Y en una de esas realidades me he encontrado contigo, querido lector, que si has llegado hasta aquí es porque algo habrás de llevarte. Quizás una historia para contarle a alguien. O una frase para compartir con otros. O este sencillo consejo para tu propia vida: nada en este mundo es como es, lo que ves es una trampa, la apariencia es solo una ilusión, si quieres ver de verdad, entonces cierra los ojos… y observa.

 SEPARADOR

 

Etiquetados con: Historias / Cuerpo /

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