El primer día de colegio

Por: / Ilustración: María Carolina Ramírez / Marzo 2017

Una madre y un padre, ambos escritores, narran cómo fue ese día en el que sus hijos se hicieron un poco más grandes y maduros, y cómo asumieron el primero de muchos adioses.

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Antes de que todo colapse

Por Alfonso Buitrago Londoño*

 

–Oye, mañana tienes tu primer día de colegio… –le digo a mi hijo Lorenzo el domingo de la víspera.

–Ajá.

–¿Y cómo te lo imaginas?

–Como la guardería.

–Pero más grande, porque ya eres un niño grande. ¿Y qué crees que vas a encontrar en el cole?

–Un dinosaurio.

Hasta el día antes de iniciar el colegio, Lorenzo había repetido el nombre de la nueva institución como si recitara su nombre y apellidos, sin ninguna emoción aparente.

–Un dinosaurio y muchos instrumentos musicales -le insisto para entablar una conversación previa y franca, como sugieren esas páginas web tipo todoparapapas.com, mibebenopuedeconmigo.com, elbebeoyo.com.

–¿Cuántos? –me pregunta.

–Yo diría que más de cincuenta.

–¿Más de cincuenta? No creo –me dice y pide que le ponga muñequitos de Netflix en el televisor.

Lorenzo está a una semana de cumplir cuatro años y creo que en este momento le preocupa más dejar de tomar tetero

–como prometió que haría exactamente a esa edad, que adónde va a ir a estudiar.

–Papá, ¿me das un teterito pero tibio?

–Ya sabes que en una semana se te acaba la dichale digo.

–No se me va a acabar.

–Ah, ¿no? El domingo cumples cuatro.

–Se me va a acabar cuando cumpla cinco.

–Ah, ¿así es la cosa?

–Sí.

Técnicamente soy un padre soltero –recién separado, para ser más específico–. Lorenzo se queda conmigo el fin de semana previo al gran día y yo quedo encargado de despacharlo para el cole. Pienso a ratos en lo que significa ese momento para mí y leo aquí y allá una que otra página web. La del colegio incluida, donde no encuentro nada. Como si fuera un edificio cerrado sin portero, un conservatorio perdido en una colina. “Lo que le pase a su hijo el primer día es cosa suya”, podría haber sido su letrero de bienvenida. Y razón tendrían.

El primer día de colegio es un recordatorio de madurez para niños y adultos. Los niños ven con ilusión o con pavor una oportunidad de hacerse más grandes.

Los padres ven el tiempo y la energía acumuladas en los cuerpecitos de sus hijos y pese a la angustia por dejarlos solos en manos de la vida, en el fondo descansan por haber superado una primera etapa de la crianza sin enloquecer o sin enloquecer al niño.

En la noche bañé a Lorenzo, con mucho jabón y champú –por si al otro día tenía que salir con él sin bañar– y me inventé una historia de una bolita de juguete que iba por primera vez al colegio con sus amigos T-Rex y el velociraptor Eira. La bolita obviamente se encontraba con un salón lleno de instrumentos musicales y yo recitaba sus nombres hasta completar los que más pude. T-Rex y Eira protegían a La bolita de cualquier desconocido. Nos dormimos viendo muñequitos de Netflix sin dificultad. Y el efecto dramático del cuento duró hasta el otro día cuando después de ducharlo fui a ponerle los tenis.

Lorenzo literalmente se metió en sus propios zapatos. De repente se dio cuenta de que algo realmente iba a pasar.

–¿Ya cumplí cuatro años? –me dijo con cara de terror.

–Ya casi, en seis días.

–Pero si no he cumplido cuatro años no tengo que ir a estudiar.

–Mi amor, ya estás grande –le dije titubeando, esperando el advenimiento de un colapso nervioso, viendo cómo se le retorcía la boca. Y entonces dijo sus últimas palabras, con la convicción de estarme dejando un legado inquebrantable.

–Yo no quiero ir al colegio, quiero ir a la guardería.

En la guardería había pasado ya más tiempo de su vida que el que creo que vaya a pasar conmigo en la próxima década. No me sentía con ninguna autoridad moral para rebatirlo.

–Te voy a acompañar. Vamos a ir juntos. Es una casa muy bonita, con árboles y hierba. Mira te la muestro en el computador –le dije sin pensar que era igual a mostrarle un paisaje de Siberia.

–¿Hasta adentro?

–Sí mi amor, hasta adentro de la casa.

–¿Y no te vas?

–Me quedo un rato y luego tengo que ir a trabajar.

Sentí que le había acabado de desconectar un respirador artificial. Tenía los ojos rojos y el rictus desencajado. Entonces recurrí a invocar el último rayo de sol que podía iluminarle el otro lado del túnel.

–La mamá ya viene y nos va a acompañar también.

–¿La mamá de quién? –me dijo delirando.

–¡La tuya! ¡Natalia! –le dije tirándole un salvavidas.

La presencia materna lo mantuvo calmado hasta que llegamos al colegio. No se veía nadie en los alrededores, y la puerta de la casa estaba cerrada. Me pareció que iba a dejar a Lorenzo en un orfelinato y que no lo volvería a ver, pero mantuve la compostura. No fuera que los dos cayéramos derrotados sin haber conseguido cruzar la meta. Hundí tres interruptores, de un citófono, de una luz y por fin el de un timbre.

–¿Aquí son los niños de jardín? –le pregunté a una joven con uniforme que abrió la puerta.

–Sí claro, bienvenidos.

Lorenzo estaba inexpresivo. Cruzamos un corredor y giramos a la izquierda hacia una habitación. En el fondo vi el rostro sorprendido de una maestra, con los ojos muy abiertos, las manos en la boca y los crespos del pelo de punta en

el aire.

–¡Lorenzoooooo! –gritó emocionada. El niño trató de reconocerla y se compuso un poco, como si volviera a ponerse en sus zapatos.

–Mira chiqui, es Sandra, tu maestra de la guardería –le dijo la mamá.

–¡Qué alegría Lorenzo! ¡Quién iba a pensar! Mira cómo es la vida… –le dijo la maestra cargándolo y llevándolo adentro del aula.

Lorenzo empezó a jugar como si estuviera en su propia casa. No quedó rastro alguno de los cuidados intensivos por los que había acabado de pasar. A veces sólo necesitamos un rostro conocido para evitar que todo colapse.

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El día señalado

Por Melba Escobar**

A todos los colegios les encontraba un pero. Si era pequeño, la iban a estigmatizar. Si era muy grande, se iba a perder entre la gente. Los religiosos me asustaban en su facilidad para caer en la doctrina, los laicos me resultaban faltos de mística en su ausencia de fe.

Mi esposo, como siempre, fue paciente. Escuchó con estoicismo mis diatribas barajando ventajas de un idioma sobre otro, de Suba sobre Cota, del liberal sobre el godo, el laxo sobre el estricto, el tradicional sobre el experimental, el campestre sobre el urbano, y luego todo en el sentido contrario, y así una

y otra vez hasta cuando mi hermana que vive en Suiza me dijo “nosotros no teníamos ese dilema. Iba al colegio del barrio, no había más opción”. Entendí, no sin algo de pudor, que mis preocupaciones eran las de una señora burguesa que se debate entre unos calamares rebosados o unos mejillones al ajillo.

Las opciones (tristemente exclusivas para quienes podemos pagar alrededor de un millón mensual o más) son muchas y muy buenas. Entonces recordé cada uno de los cinco colegios por los que pasé en mi oscura vida de colegiala y creí haber entendido el origen de mi ansiedad. Me declaré impedida para tomar una decisión, le dije a mi esposo que decidiera él y así lo hizo en tan solo treinta segundos.

El día señalado para el primer día de clases quedó marcado en el calendario. El bus pasó a buscarla a las 6:30 de la mañana. La bañé la noche anterior, la desperté a las seis, le hice un huevo en carreras mientras le ponía la ropa y trataba, sin éxito, de hacerle una coleta. Las dos estábamos ansiosas. La maleta nueva, la agenda, la mamá en sudadera, todo era extraño y a la vez tantas veces visto. Bajamos afanadas.

Cuando el portero abrió la puerta, ya la ruta roja y blanca estacionaba frente al edificio. Matilde, con una sonrisa llena de dientes y la comisura de los labios untada de huevo, iba tranquila, emocionada. En un acto reflejo me llevé un dedo a la boca para babearlo y así limpiarle los restos de yema. Al hacerlo tuve un dejà vu. Con qué velocidad se convierte uno en la versión más incómoda de su propia madre.

El bus se paró frente a nosotras, la ayudé a subir. Se despidió con un gesto de la mano, sin dejar nunca de sonreír, y entonces entendí que estaba impaciente por irse. Al final, siempre me despedía para irme a trabajar o a cualquier parte, mientras ella se quedaba en la casa, a veces tranquila, otras lloriqueando o al menos pidiéndome “mamá, no te vayas” sin que sus ruegos tuvieran el menor efecto. Le tomé una foto desenfocada con el teléfono justo antes de descubrir lo que estaba ocurriendo. Mientras veía el bus desaparecer, comprendí que acababa de presenciar el primero de muchos adioses. Hoy por primera vez en la vida se iba ella sin mí, no yo sin ella. A manera de consuelo puedo decir que cinco meses más tarde, aun se va feliz al colegio. Soy yo quien no siempre lo lleva bien. A veces el día se hace muy largo sin ella.

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 *Periodista, colabora en Universo Centro. Su último libro se titula El 9. Un fotógrado en guerra (Tragaluz).

**Escritora, su última novela se titula La Casa de la Belleza (Emecé).

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Etiquetados con: Niños / Crianza / Colegio /

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