El Viaje de mi vida

Por: / Fotografía : Sebastián Jaramillo / Octubre 2017

Le diagnosticaron cáncer de seno a los 30 años, mientras cumplía su sueño de viajar por Suramérica. Después de encarar la enfermedad y los tratamientos, aprendió a sanar y a apoyarse en el amor de su familia.

 

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30

años. Uno cree que a esa edad debe estar pensando en comprar una casa o en tener bebés, pero yo estaba pensando en sanar. 30 años y uno piensa que puede conquistar el mundo. Todo es para uno. El mundo profesional está en escalada: “Si no subes a los 30, no lo harás a los 40”. Entonces yo, que siempre me sentí muy independiente, que todo lo tenía resuelto y planeado, aprendí a pedir ayuda y a conocer mis límites. Pero no siempre fue así. Esta historia empezó con El Viaje de Mi Vida (así, con mayúsculas), o mi sueño dorado: abandonarlo todo por un tiempo y viajar. Renuncié a mi trabajo, me despedí de mi familia, de mi esposo, de la seguridad y las certezas para al fin recorrer Suramérica por tierra, de Buenos Aires a Bogotá. Sin embargo, apenas unos pocos días después de haber llegado a Buenos Aires ella apareció: una bolita del tamaño de un garbanzo a dos centímetros de mi pezón izquierdo. Una amenazadora compañera de viaje que traté de ignorar, pero su extraña, constante e intrigante presencia fue ganando terreno en mis pensamientos, hasta que llamé a mi médico y él, sin ninguna duda, me recomendó que me hiciera unos exámenes. Cuanto antes. Mi vida en Buenos Aires se convirtió en un tedioso ir y venir entre Banfield, Recoleta y Santa Fe: chequeos, exámenes e imágenes diagnósticas hasta que finalmente la doctora me dijo: “Mirá, te tenés que hacer una biopsia. Es mejor que te la hagas en casa, cerca de tu familia”. Ese cerca de tu familia ya tenía algo raro. Y me preparé para volver. 

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Empieza el verdadero viaje

En menos de tres semanas, ya en Bogotá, tuve el veredicto: “carcinoma ductal infiltrante”, un nódulo de no más de 2,5 centímetros que se había instalado en mi cuerpo y era una amenaza radical a pesar de su tamaño. Esas pocas células, de sabiduría infinita, estaban en mi contra.

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Debía tener conciencia de mí misma y de mi espíritu,
alimentarme cuidadosamente, escuchar a
“mi gurú interior”
(ese que sabe siempre qué hacer), confiar en Dios,
tener mucha concentración en mi capacidad de sanación.

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Es curioso, pero apenas me dieron el diagnóstico pensé en dos cosas: 1) me voy a quedar calva, y 2) no voy a poder tener hijos. No pensé seriamente que me fuera a morir de eso. Claro, me acordé de que un día me iba a morir, pero la palabra cáncer quedó relativamente vetada de mi vocabulario (aún lo está), pues me negué a asociarla conmigo, con mi salud, así ya tuviera un diagnóstico.

Entonces empezó El Verdadero Viaje de Mi Vida (también con mayúsculas), una travesía arriesgada que exigía auténtica valentía, mucho amor y toda la fuerza de mi ser, de mi esposo, de mi familia. Exigía, contrario al otro viaje, tener conciencia de mí misma y de mi espíritu, alimentarme cuidadosamente, escuchar a “mi gurú interior” (ese que sabe siempre qué hacer), confiar en Dios, tener mucha concentración en mi capacidad de sanación y, sobre todo, no dar el brazo a torcer.

La primera estación del trayecto fue la cuadrantectomía. Aceptar la mutilación es muy difícil, especialmente si uno se siente “en la cumbre”, si uno ha construido su propia identidad a partir de una imagen y, si se es mujer y le han enseñado que es muy importante verse bonita y gustarle a los demás (antes que gustarse a uno mismo). Además los senos, pensaba yo, son la esencia de la feminidad. Luego me di cuenta de que la feminidad es una forma de sentir y de pensar, y encontré el maravilloso trabajo de David Jay titulado The Scar Project (www.thescarproyect.org), donde un grupo de mujeres de mi edad están retratadas artísticamente con sus senos cercenados. Se ven como amazonas, llenas de belleza, vida, fortaleza. Yo también sería una amazona y guardaría con orgullo, amor y respeto mi cicatriz de batalla. Entonces me convertí en una guerrera de ese clan y me dirigí a mi segundo destino, el más temido: la quimioterapia.

Se cuentan historias nefastas respecto a “la quimio”, y muchas de ellas son ciertas. Pero también es cierto que cada cuerpo es distinto y que la manera como se recibe una medicina influye en la manera como ella cura… o daña. Si se recibe con la certeza de que es veneno, actúa como tal. Pero también puede convertirse en un camino de iniciación y de sabiduría, de encuentro con Dios y con uno mismo. Un momento de amor, de compartir con la familia, de ser humilde y aceptar el momento presente a pesar del fastidio, del desgano. Un momento en el que habité dos universos al mismo tiempo y sí, al final me quedé calva y cuando me empezó a salir el pelo me hice un corte extraño y tribal que me ayudó a sentirme mejor. Aprendí a reírme de mi misma cuando me pintaba las cejas y una me quedaba más arriba que la otra, o cuando quedaba con una mirada de villano de caricatura.

Tras seis meses de cocteles químicos, finalmente llegó el momento de la radioterapia. ¡La última parada antes del final del viaje! Si alguna célula despistada y dañina había quedado viva después de todo, sería achicharrada de manera indolora a través de una breve exposición que al final me dejó con un coqueto bronceado en un cuarto del torso.

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El fin del trayecto. Pero el viaje… ¿tiene fin?

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Después de un año de tratamiento solo esperaba que el médico me diera una especie de diploma que certificara que había llegado a la última parada, que estaba curada. Pero esos diplomas, parece, no los han inventado, o tal vez no era mi graduación todavía porque aún no me lo han dado.

Una cosa sí doy por hecho, y es que el viaje no termina nunca. Después de que declaran al paciente “en remisión” (no lo declaran curado, sino blanco de una posible recaída), el miedo a que la enfermedad regrese se mantiene allí, guardadito y calladito, listo a aparecer en cada control médico.

Yo me doy por bien servida. Me siento sana, vital y literalmente llena de vida. En contra de los pronósticos y recomendaciones médicas, estoy embarazada. Y como una amazona alimentaré a mi hijo con el seno que me queda, y que lo espera lleno de alimento de vida.

La naturaleza tiene una extraña forma de actuar, pues mis síntomas del embarazo me recuerdan a la quimio: sensibilidad a los olores, náuseas, ardor en el esófago, cansancio. Pienso entonces que en esa etapa de cierta forma me parí a mí misma y nací de nuevo.

Me marchité, sí. Pero en la naturaleza la vida, de una forma u otra, prevalece.

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CIERRECANCER

 

 

Etiquetados con: Cáncer de mama / Cáncer / Enfermedad / Testimonio /

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