Llevar un apodo

Por: / Junio 2019

¿Qué tanto marca un apodo? ¿Se puede considerar matoneo, o es una práctica infantil con siglos de uso? El autor, un premiado escritor colombiano, ha llevado un apodo por más de treinta años, y reflexiona sobre esos y otros hechos conexos en esta nota.

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n el colegio, y particularmente en mi curso, pululaban los apodos. Había unos verdaderamente infames: Aborto e’ chulo (porque tenía la piel más oscura), Axila (porque le crecía una seudo barba con pelos de ídem) y Care pene (no requiere explicación). El origen de tanto sobrenombre, según argumenta mi amigo El Pulpo, es que el Negro Otálvaro, a quien luego La Rata bautizó La Cachama, venía del colegio Santa Librada, escuela caleña cuyos alumnos tenían fama de truhanes. Llegó al Berchmans y fue repartiéndonos alias a todos. Yo también puse algunos, el más célebre de ellos se lo clavé a De Francisco, que antes era El Gato pero a quien un día le dije que parecía empacador del supermercado La 14, y desde entonces quedó El Empacador. Los parches de amigos también fueron enchapados: yo pertenecía a Las Joyas, pero estaban Las Avispas, Los Churrascos, Los Locos y Las Almejas, entre otros.

Entre los apodos que más me gustan están aquellos que parecen casar a la perfección. Yo sé que apodarse El Perro no es de gran originalidad, pero tendrían ustedes que conocer a Rafael Suárez, verle los mofletes caninos, la forma de la cara, para entender que ese mote por antonomasia era el suyo. Otro ejemplo era el pelirrojo Santiago Domínguez, a quien con precisión cromática llamaban Óxido. Los alias que tienen una explicación humorística también tienen su encanto: recuerdo que en Bahía Solano una vez me mostraron a un tal Caja Negra, pues era el único que había sobrevivido a un accidente aéreo; puse un personaje homónimo en mi primera novela. Hace tiempos conocí a una chica toda ruda, La Juli; asumí durante años que se llamaba Juliana, pero un día ella me explicó que La Juli era apócope de La Hooligan. También recuerdo a un personaje de Mempo Giardinellia quien decían Cebolla porque era gordo, calvo y lampiño, con excepción de los pelos del culo.

Mi apodo es menos ad hoc y menos ingenioso. En 1984 me corté el capul con unas tijeras y se me erizó el pelo, por lo que el Paisa Castaño, mi vecino y compañero de colegio, me bautizó Erizo. Desde entonces han pasado ya más o menos treinta años. A mí me gustó o de alguna forma me identifiqué con él porque no quería llamarme igual a mi papá, con quien tenía serias diferencias. No fue un apodo por el cual irme a los puños, como un compañero gay de apellido Salom al que gritaban Saloca; o El Chusco, que tenía un remoquete bastante irónico. El mío no ofendía, y los profesores, los compañeros, los amigos, los papás de mis amigos, todos me empezaron a decir Erizo.

"Ser el Erizo me permitió una segunda identidad. Era diferente de ser Antonio, más interesante tal vez o menos común. No sé qué tanto me he terminado pareciendo a mi apodo".

Ser el Erizo me permitió una segunda identidad. Era diferente de ser Antonio, más interesante tal vez o menos común. No sé qué tanto me he terminado pareciendo a mi apodo, pero sí estoy convencido de que existe cierta influencia onomástica en la personalidad: el portero del edificio Valtierra, en la Javeriana, se llamaba don Custodio, y conozco dos personas diferentes apodadas La Vaca que no lo parecían pero fueron adquiriendo con el paso de los años un rostro cada vez más bovino. Sin ir más lejos, el ya mencionado Chusco fue mejorando su aspecto cuando dejó de emberracarle el apodo y lo adoptó sin reyertas. Me pregunto qué tan Erizo soy yo y no sé responder, aunque sospecho alguna forja en mi carácter o quizá mi escritura, pues la columna que tuve en SoHo se llamaba El Erizo, otra que tuve en la revista El Librero se llamó La elegancia del Erizo, y tuve un programa en radio titulado La noche del Erizo. Además micuenta en Twitter es @erizodemar, de manera que se ha vuelto una etiqueta recurrente para lo que hago. No me considero particularmente espinoso, en eso soy una decepción. Arquíloco dijo: “Muchas cosas sabe la zorra, pero el erizo sabe una sola, y grande”. Si atendemos esa clasificación, yo sería mucho más zorro: no me siento muy conocedor de un solo tema. Ni siquiera me considero un gran conocedor de nada. Digamos que soy un zorro que sabe poquitas cosas, y pequeñas.

Las relaciones, empero, sí varían de acuerdo a cómo te digan. Hay gente para la que jamás seré Antonio y quizá tengan alguna dificultad para recordar mi nombre. No falta quien luego de años de amistad me ha preguntado “Ve, Erizo, ¿vos cómo es que te llamás?”. Con esa gente me porto muy Erizo. Tuve una novia para la que siempre fui Erizo, y no lo sé explicar bien pero fui menos Antonio y menos Toño con ella que con las demás.

La adultez te obliga a cierta compostura. Me quedaría difícil decirle Gusano a Simón Ríos con la misma desfachatez conque lo hacía en el colegio; si me encontrara al Baba ahora seguro que le diría “Hola, Carlos Enrique”. Precisaría de unos aguardientes y el ambiente apropiado para volver a esas confianzas. Sin embargo, me molesta cuando alguien que siempre me dijo Erizo venga con formalidades. A ellos les siento la nota falsa si lo hacen. Sería raro también que alguien que me dijera Antonio o Toño comenzara a decirme Erizo.

"Habrá quien lleve su apodo como quien se pone una chaqueta, otros ya lo tienen integrado al pellejo. No sé qué tan Erizo soy yo, pero supongo que bastante".

A diferencia de cualquier Tavo, Pacho, Fercho, Negro, Gordo, Flaco y similares, no conozco personalmente a otros Erizos. Alguna vez supe que había un Erizo en el fútbol alemán, merced a las transmisiones de Transtel que hacía Andrés Salcedo. También es el apodo del héroe nacional costarricense Juan Santamaría, quien en el episodio conocido como la Batalla de Rivas, el 27 de junio de 1855, antes de perecer a manos de los filibusteros estadounidenses comandados por William Walker, prendió fuego al fortín donde éstos se guarecían. El Erizo Santamaría fue el mártir que posibilitó la victoria de las huestes ticas sobre el yanqui invasor. En el crimen organizado hay incontables Erizos. Encontré, por ejemplo, a un mafioso llamado Leonard Alfonso Ortiz Ruiz, hijo de un exgobernador del departamento del Meta, que tenía una flotilla de aviones para transportar cocaína desde Venezuela hacia Centroamérica y Haití. Podemos sumar el Erizo mexicano Eduardo Sulub Cohuo, quien fue apresado en Cancún hace dos años por el asesinato y descuartizamiento de José Pérez Hernández, alias La Mosca.

Pero no ahondemos más en el hampa, que es vasta y macabra. Para finalizar este somero recorrido, el porno tiene su Erizo: Ron Jeremy, el gordo hirsuto, viejo, desagradable y carismático a quien de cariño llaman Hedgehog. Este Erizo tiene el Guinness Record de mayor número de apariciones en películas porno, su perfil dice que se le considera “el padre de la industria del anal”.

Podría seguir haciendo la lista pero temo deprimirme. Habrá quien lleve su apodo como quien se pone una chaqueta, otros ya lo tienen integrado al pellejo. No sé qué tan Erizo soy yo, pero supongo que bastante.

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